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Faltaban adoquines o sobraba espacio.




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PEPE SALAZAR
MENUDENCiAS
segunda época
(episodios 432 y siguientes)

MENUDENCiAS
primera época
del Cero al 431 en:




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MENUDENCiAS


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poner en palabras ciertas emociones,
pasajeras, pequeñas,
menudas.

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MENUDENCiAS

tempus fugit








Esta noche, otra vez, ha reaparecido con fuerza en mi sueño la angustia por no llegar a tiempo al muelle oscuro donde espera ese transatlántico enorme que una vez al año, cada año, sale de no sé qué puerto con destino a Argentina, Buenos Aires. Y se va sin mí. Siempre hay mil menudencias que me distraen y me impiden llegar a tiempo.




 



He olvidado escribir como antes. Porque ya no sé escribir de otra forma que no sea golpeando esta máquina con el índice de mi mano derecha. Pero la verdad es que echo de menos no poder sacarle punta.









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469.




IMPUESTOS. Después de pasar un día laborable, que me pareció festivo, con amigos y familia queridos, voy a Tavira en autocar a pagar impuestos. Como casi siempre. Ya estoy en el bus cuyo frontal reza que en total el trayecto está pensado para llegar hasta Lagos. Sale a las diez. La máquina se está calentando y respira suavemente. Está viva. Plaza de Armas. Andén 27. Euros 28. Mi asiento es el 49. Estoy rodeado por muchachas indias de la India. Todos los jóvenes llevan una lágrima blanca atada a las orejas. Filtran los sonidos del exterior y solo deja pasar la música con licencia. Muchas mochilas. De pronto, un policía uniformado no esperado avanza inquisidor por el pasillo y llega hasta la trasera donde yo estoy. Se ha interesado por una joven que resulta llamarse Marta, viaja sola y va a Portimao de vacaciones. Confiesa sin que la autoridad se lo pregunte que es de los Pajaritos y le da su número de dni. Dice que el documento lo tiene en la maleta que ha dejado en las entrañas del bus. Otra policía, mujer, aparece más tarde y la invita a que baje y le muestre el dni y el contenido de la maleta. Mientras la autoridad femenina y la de los Pajaritos desaparecen por el pasillo y descienden al andén, vuelve el primer policía y le pregunta a las indias que se sientan en la última fila que identifiquen sus bultos. No problem. No pasa nada. Only police work, dice, profesionalmente. Han pasado 15 minutos y Marta no regresa y el autobús no se mueve. Ahora sí. Ahora Marta regresa intacta, corriendo a su asiento. Y nos vamos. Tomo nota: los polis no mostraron ningún interés por las cabezas calvas y los pelos blancos que van delante del asiento 49. Ni siquiera miraron a la tercera edad. A más edad, menos peligro, es la conclusión. El bus ahora avanza, sin ruido ni sobresaltos. No sé si es que los amortiguadores de esta máquina son extraordinarios o si el piso de la autopista está impecable sin baches. Lo cierto es que el medio centenar de personas humanas que por distintos motivos nos dirigimos al Algarve tenemos la sensación de ir deslizándonos como por una balsa de aceite.

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468.




CONEJOS. Yo nací un 30 de mayo después de Cristo. Hace 32 años yo tenía 50 y celebré mi primer medio siglo en esta misma Hacienda Los Ángeles de Alcalá de Guadaira (donde vive un anacoreta, mi amigo Ángel), rodeado de amigos y de música. La diferencia entre entonces y ahora, es que los móviles acababan de llegar y por eso apenas hay registro gráfico significativo de aquel acontecimiento. Entonces yo era un abogado, literalmente, de medio pelo, con grandes entradas que amenazaban con dejar mi cabeza hecha una bombilla. Ahora el pronóstico se ha cumplido pero estoy contento (cuando se acerca otro 30 de mayo) de que pueda seguir visitando el patio de naranjos de sombra de esta casa jesuítica y de dar cuenta, junto a aquellos mismos seres queridos, de un guiso de conejos de campo. Hace cincuenta años también éramos carnívoros pero el plato central del acontecimiento fueron garbanzos que parecían inacabables, preparados por la vecina de la Hacienda cuyo nombre he olvidado. Amigos, no importa el menú, estas conmemoraciones son un placer y un lujo.





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467.

COMENTARiO ORAL DE TEXTO. Me había llegado a acostumbrar. Me gustaba que Andrés, el camarero que desde hace tantos años atiende diligentemente la terraza del Nuria, me llamara siempre Don Fernando. Incluso advertía a mis acompañantes que si se dirigían a mí delante de él me llamaran por ese nombre para no romper la magia. Y me gusta que él se haya tomado a bien la broma y que nunca le hubiera corregido el equívoco. Para mí era como un juego. Mientras me tomaba los picatostes, Andrés me ayudaba a soñar mi particular heterónimo, que yo sabía moriría tan pronto me alejara del Nuria, como se cierra automáticamente mi Renault Captur cuando, tras aparcarlo, me alejo de él. Don Fernando. No estaba mal. A fin de cuentas yo nací el día de San Fernando y muchas veces había añadido esa circunstancia y nombre al José Antonio. Está mañana, cuando se acerca a mi mesa de desayuno noto que me mira diferente, como cómplice de un crimen que no tendrá castigo y me sorprende con un saludo y movimiento inusual, estrechándome la mano con fuerza mientras dice alto y claro Buenos días, don José, qué va a ser, elevando la voz en el Don José y terminando con una amplia sonrisa. A continuación me explica que Antonio, el ex presidente de mi Comunidad, asiduo de la terraza, y ahora simple miembro de esa otra Comunidad de whatsapp que yo alimento, le dio a leer mi menudencia VECiNOS que escribí sobre ciertos sucesos que tuvieron lugar en el Nuria la semana pasada y que el relato le hizo descubrir el engaño de mi auténtico nombre, pero que le gustó muchísimo, que se lo enseñó a todo el mundo, incluso a Juan Carlos, que así resulta llamarse el sudamericano del peluquín relatado en aquella nota, que no se lo tomó a mal sino al contrario. Al principio no sé reaccionar y no sé si entregarme de entrada, confesar que, efectivamente, soy yo el autor del pliego, pero Andrés me da tantos detalles de conocer lo que mi mano escribió y los personajes que en él intervienen y lo hace con tanto entusiasmo y sin reproche alguno que abandono cualquier recelo o preocupación editorial porque los nombres eran todos verdaderos. Me rindo y confieso. Sobre todo cuando me dice que le gusta mi estilo de narrar y que, cuando lo compartió con el personal, todos se sintieron cómodos y bien reflejados en él y se rieron mucho.

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466. VECiNOS. Después de la siesta, terminado de alimentar mi Xiaomi, me monto y voy a la Ballena Azul en Tablada, a limpiar la blanca piel del Renault Captur que, de dormir bajo las estrellas y jacarandas de la calle, andaba perdido de resina pegajosa, trozos de pétalos sucios, que los morados árboles están en flor, y cagadas variadas de pájaros. Terminada la labor, mientras regreso, observo que el tráfico en la Palmera es muy intenso y lento. Muchos coches tuercen su rumbo al llegar a la altura del Costurero de la Reina y atravesando el puente, se encaminan en fila de a cuatro hacia la reciente Feria. Quizá van en busca de algo que perdieron en la alta madrugada de bombillas y jarana o van a empezar a recoger el millón de cosas que los propietarios tienen que rescatar de las casetas hasta el año que viene. Al pasar por el Cid, me viene la idea de siempre cuando me estoy acercando al final de mi viaje y es que, pese a haber tenido mi coche la posibilidad de sufrir mil lesiones, arañazos y bolladuras, por la cercanía y el atolondramiento de tantos otros carros congéneres, que me sorprende que no nos toquemos, una vez más, sale mi vehículo ileso del trance. La suerte me acompaña y encuentro espacio donde aparcar, sin techo de jacarandas, en mi calle. Al descender, mi cuerpo recupera la necesidad sentida antes de proponerme visitar la Ballena Azul y me manda a tomarme en el Nuria con urgencia el café aplazado con una tapa de almendras, como he hecho tantas veces. Atravieso limpiamente el edificio del América Palace por su base, como si fuera un visitante transportado de forma misteriosa desde la Expo del 29 al presente, que acabara de descubrir la nueva calle interior que ha formado el hotel recién construido donde ahora, ochenta años después, habito. Aunque algo ha debido pasar porque para transitar la calle y salir por la Avenida de Málaga este visitante ha necesitado ahora usar dos llaves. ~~ Y me siento bajo los toldos del bar Nuria cuando el sol los hace todavía necesarios porque el astro rey anda enredado sobrevolando Triana antes de irse a dormir. El serio camarero latino, cuyo nombre ignoro pero que me llama la atención por el esmerado peluquín recién pintado que siempre lleva muy bien puesto, me ha traído el manchado y un pastelito de manzana envuelto en papel de celofán difícil de abrir, porque se acabaron las almendras. Pienso automáticamente que otra vez me veo enfrentado al dilema. Cómo abrir un paquete de plástico que no cede al pellizco de mis manos. En esta mi década octava, cómo echo de menos aquella reacción instintiva que aproximaba el plástico y tantas otras cosas a mis labios y colmillos intactos y podía quebrar la envoltura en un santiamén. Ahora el gesto se hace inútil porque falta justo el diente que hacía de llave maestra de abrir paquetes. Yo en mi vida he usado mucho los dientes. Para bien o para mal. Pero con las décadas transcurridas han ido cayendo aquellos especialistas que yo tenía entrenados para esta tarea y cada vez me enfrento a problemas mayores cuando me toca abrir un barquito, un paquete de pipas o de quicos o los mil productos, cada vez más, que el mercado solo te ofrece en estos embalajes, para que más duren. ~~ Lograda la apertura del paquetito, atiendo a mi Xiaomi y me entero de que Assimi Goita sigue sin aparecer dos días después del atrevido golpe de la sucursal de Al·Qaeda y el Frente Nacional de la Azawad al orden establecido en Mali que ha terminado con la vida del Titán Cámara, su ministro de defensa, el arquitecto del golpe del 2021 y autor del volantazo hacia la órbita rusa y la caída de ciudades tan importantes como Kidal y Gao. Mi Xiaomi me informa que un camión piagėlė conducido por un kamikaze, acabó con su vida. ~~ Estaba yo dedicado a esas informativas tareas lectoras bajo el toldo de la terraza del Nuria cuando una cabeza pequeña de pelo rubio ensortijado sobre un cuerpo de un metro veinte me entra por el rabillo del ojo izquierdo. Es mi nieta Elia, que ha descubierto a su avó Pepe y sonríe satisfecha mientras me saluda. Su padre está aparcando el carrito al borde de la mesa de al lado con una mano y con la otra y su boca terminando una conversación en su móvil. Juntamos nuestros destinos en una sola mesa y paso a compartir el tiempo de lo que queda de tarde y el de mi manchado, que se está enfriando, y lo que venga después, con Elia y su padre que andará dedicada la próxima hora a coger delicadamente con los deditos pico-de-pajarito de su mano diestra, los redondos guisantes que le ha traído su progenitor en un cuenco de color verde y que tanto le gustan. Elia, que apenas se acerca al año y medio, entiende y conoce muchas palabras pero su boca domina solo unas pocas que son las que la ayudan hasta ahora a mantener relaciones y conversaciones complejas con los extraños que entran en su radar en la vida social intensa a la que sus papás la tienen acostumbrada, que son ¡Hola!, ¡Adiós!, Mamos, ma, maaa y No. Con quienes tiene más confianza, añade siempre ese signo instintivo que la ayuda a completar su pensamiento y transmitir su voluntad: el dedo índice extendido acompañado de un sonido que suena a algo así como ma ma que no quiere decir mamá, sino, según sus analistas, Quiero que me acerques y entregues eso que estoy señalando y lo quiero ahora mismo. Pablo Pelos, un amigo del padre de Elia está convidado a este encuentro. Es poeta, arquitecto urbanista y vive en Bristol con una muchacha búlgara. Cuenta cosas. Muchas no las entiende Elia, como la referida a su abuela que era de Jerez de cuya anécdota Elia solo ha comprendido la palabra abuela porque cabrillas y todo lo demás no le dicen nada, no puede saber qué son y los detalles y sutilezas del cuento, tampoco. Y es que la anécdota va de que a la abuela de Pablo Pelos (él ha debido contarlo mil veces) la engañaron en una transacción de compra de caracoles, cabrillas, para ser exactos, porque el vendedor local le metió a su abuela una piedra oculta en el saco con la complicidad de los caracoles, para aumentar el peso. La abuela lo descubrió pero perdonó al necesitado porque le pareció muy ingeniosa la trampa. El padre de Elia se apunta al tema y refiere a su vez historias que le contó Curro, su ser más querido después de su madre y de Elia y de la madre de Elia, relacionadas con la gente de Puerto Serrano donde posee una finca. Cuenta trucos de supervivencia de hombres del pueblo cuyo capital más importante es el profundo conocimiento que tienen del terreno y las oportunidades que rodean las fincas de alrededor en las diferentes épocas del año. Son guerrilleros de la vida que usan sus habilidades cognitivas para ayudarse a sobrevivir. Está claro que nada de estas cuestiones interesan demasiado a Elia que cada vez hace más muestras de inquietud y aburrimiento e intenta bajarse del carro. Aguanta un poco porque ha descubierto a dos mujeres en una mesa cercana por su lado, que le han interesado porque la miran y le sonríen y ella responde y entiende que es una oportunidad de oro para ensayar su pequeño vocabulario conversacional. Les ofrece su repertorio de ¡Hola!, ¡Adiós!, Mamos, ma, maaa y Noes y las mujeres reaccionan a los temas de conversación que Elia despliega y sonríen con sus ojos, sus gestos y con palabras que Elia no está segura de entender completamente, pero que le dan la seguridad de que aquello es casi una relacion placentera. Ahora el Pelos habla de Bristol, del famoso barco museo y de su ocupación. El Pelos, arquitecto, trabaja para una empresa que se dedica a diseñar las nuevas calles de las urbanizaciones que los inversores ingleses arrancan al campo que rodean a la ciudad. No es un trabajo muy creativo, dice, y por eso en sus ratos libres escribe poemas sin rima y algunas con rima. Cansada, Elia ha decidido poner término a los guisantes y, necesitada de atención, arroja la cucharita al suelo de la terraza. La disciplina del uso de cubiertos avanza muy desigualmente: un paso adelante, tres pasos atrás. Advertencias, miradas profundas y a volver a recordarle que eso no se hace. Por el bulto, la abundante y suelta cabellera y el vestido de colores, puede ser ella. Lo parece. Margarita y su muy anciano, pero vigoroso padre, que vienen a buscar la sombra del toldo para esperar la noche y se sientan dos mesas más allá. No habrá ninguna duda cuando dentro de un rato veamos acercarse a la mesa a su expareja Dan. Y allí en la esquina, en la frontera con el trozo de terraza perteneciente al otro Bar, el Juicio, que nos han dicho va a traspasar el local a una familia italiana que pondrá una pizzería (que ya era hora, porque realmente una cosa así hace falta aquí para completar la oferta culinaria de la zona) descubro a la pareja cerca de la cual tomé el desayuno esta mañana en las mesas afuera de la Plaza del Mercado, a la que le han puesto el nombre de un bombero. El hombre grande y servicial y la mujer pequeña de tamaño a la que injustamente, lo reconozco, yo llamo ahora, la mala y fantaseo con que lo tiene esclavizado y a que a él parece gustarle. Al grupo se le va a unir más tarde un hombre con una camisa de mangas largas verde que no tendrá papel alguno relevante en esta obra y, por separado, se va a sentar con ellos, una mujer con un perrito que será, cuando ya no queden más que sombras en la terraza del Nuria, la protagonista principal del espectáculo que va a tener lugar. Porque cuando ya hace mucho que su padre ha hecho desaparecer a Elia de este escenario, del que ella se ha despedido, como el Papa en su Papamóvil cuando saluda a la multitud al atravesar la Plaza Vaticana de San Pedro, dándolo todo y utilizando en voz muy alta su pequeño vocabulario de Adioses y holas, el tono de voz del hombre corpulento que lleva una barba blanca rala, por razones que solo saben quienes comparten mesa con él, ha empezado a elevarse y la tensión a subir y también se ha puesto a rivalizar con él la mujer del perro. Ambos han formado una especie de dueto en esta ópera intercambiando palabras malsonantes de odio muy seguidas, cada vez más insultantes y despreciativas, palabras que yo siento no haber grabado porque el relato, revestido con las palabras exactas del libreto, sería mucho más interesante y apasionante. A los primeros gritos, las jóvenes muchachas sentadas a la mesa de al lado de Margarita han metido la cabeza en el plato medio terminado de ensaladilla con gambas, como si escucharan disparos y buscaran una trinchera donde meterse. Abochornadas sin causa, se han apresurado a huir del espectáculo dramático en qué se ha convertido la mesa de al lado. Parece como si fueran ellas las que debían sentir vergüenza por el incremento del volumen vocal de esta pareja que resuelve a gritos sus diferencias. El hombre de la barba blanca y rala y la señora del perrito se han desatado, se han soltado la lengua y no tienen reparo en usar el vocabulario más sucio del castellano para dar aquí rienda suelta a su odio, tal vez acumulado en la mala convivencia en las terrazas de los bares de la zona. Vaya usted a saber las corrientes subterráneas que alimentan estas alteraciones. Me alegro que Elia no esté ya. Su padre correctamente detectó los signos y la subió a su casa hace mucho. Y en esta ópera dramática hay hasta movimientos de acercamientos físicos entre los contendientes porque las palabras parecen no satisfacer a veces por completo el odio que este acto teatral demanda. Bristol, Puerto Serrano y Bulgaria quedan aparcados, definitivamente mientras la del perrito desaparece por la Avenida de Cádiz perseguida por el do de pecho del No vuelvas nunca más proferido por el de la barba blanca y raya en medio de un importante movimiento de brazos y manos. Un taxi muy blanco, que brilla en la noche, como recién salido de la Ballena Azul, acaba de llegar y se lleva a la Macarena al papá de Margarita, que al subirse al vehículo, salva el escalón tirándose de la pernera del pantalón, en busca de una agilidad perdida. La sesión ha terminado, Andrés, ese estupendo y experimentado camarero que siempre me llama Fernando, sin que yo le haya corregido nunca el error, echa el telón dando un último pase de escoba y recogedor por entre las mesas, ahora en silencio. En la cabeza de Margarita está instalado el examen del concurso del próximo viernes, que espera ganar y que la hará fija en el trabajo, definitivamente, según presume. Le deseo suerte.
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465.



A Mí TAMBiÉN ME PASA. Me gusta sentarme en los bancos de hierro bajo la escueta sombra de los tiesos y esbeltos árboles que el Servicio de Parques y Jardines plantó hace décadas en el pequeño jardincillo del antiguo Callejón de los Pobres en Sevilla. En primavera y verano el lugar es delicioso porque puedes sentir viva la brisa fresca que corre juguetona, dándole la vuelta a los troncos de los árboles y a los parterres, desde la calle San Eloy a la Plaza de la Magdalena y viceversa. Y muchas familias con niños y perros parecen haberlo descubierto también porque el lugar siempre está muy animado y lleno de voces. Desde mi banco puedo ver y casi oír el agua de la hermosa fuente de mármol blanca en el centro de la plaza, en algún lugar de la cual, dicen, que se encuentra desperdigado el polvo de un importante pintor sevillano. En este lugar hace siglos los cartujos repartían también limosnas entre los indigentes locales haciendo méritos para la salvación de sus almas. Eran tiempos difíciles y de ahí el nombre del callejón. Hoy me encuentro aquí descansando después de haber ido a recuperar un poco de mi pasado, porque he ido a ver cómo está la fachada de la calle San Vicente 39, junto al que fue cine del mismo nombre, donde vivía mi abuelo. Curioso y nostálgico, fui a ver cómo habían tratado el urbanismo, la codicia y el tiempo aquella casa que forma parte de las primeras vivencias que guardo en mi calabaza. Dejo atrás el Museo y al empezar la calle San Vicente el ruido de un camión de Lipasam es ensordecedor. Están rozando el suelo de la calle con una gran máquina redonda y agua caliente a presión para borrar las recientes celebraciones y limpiar la cera que la fe ha derramado sin reparo ni preocupación alguna por la seguridad vial los días de Semana Santa. La empresa municipal pretende restaurar el orden anterior. Cosa que no me importa demasiado porque siempre me ha gustado mucho y llamado la atención escuchar el potente chirrido de los neumáticos de los coches al doblar las esquinas por donde pasó la devoción cofrade.




Y llegó al 39 y me enfrento a las imágenes antiguas y compruebo que, salvo el cierre de madera del balcón central de la primera planta, los cierres o cierros siempre han estado en las primeras plantas de las casas, que ha desaparecido por completo y una manita reciente de pintura, todo está igual. Todos los huecos en la calle se mantienen intactos en las tres plantas, aunque la vida parece haber desaparecido de ellos porque no veo macetas ni visillos ni jaramagos siquiera: ningún vestigio de que el inmueble esté habitado. La puerta de la calle de entrada está cerrada. En el fondo me gustaría poder entrar para comparar la imagen que tengo en la cabeza de la estrecha escalera y del sonido de las losas del suelo con la adherencia perdida, para recuperar aquella melodía. Pero espero un rato que se abra la puerta sin éxito y sigo mi paseo. Ahora me doy cuenta de que comparto el banco del Callejón de los Pobres con otro ser humano con sombrero de paja de esos que se venden a los turistas en muchos quioscos por diez euros. No noté al principio su presencia. Turista en verdad parece. Ocupamos lugares opuestos en el banco que es de esos compartimentalizados para evitar roces incómodos. Observo que el compañero ocupante que puede tener unos ochenta años, es muy delgado, lleva sandalias que dejan ver unos pies y dedos muy huesudos; su gesto es muy serio, adivino que debajo del sombrero ha desaparecido el pelo. El hombre se inclina y endereza cada tanto y como escribiendo al dictado de una voz interior y anota algo con un rotulador, que alcanzó a fisgonear, es de punta muy fina. Lo hace en una libretita de papel absolutamente minúscula. Se echa hacía atrás, estira las largas piernas, parece ensimismarse y vuelve a inclinarse sobre el pequeño papel. Mimetizado por el gesto, me gusta pensar que es un poeta que está anotando sus impresiones para más tarde. A punto estoy de, imprudentemente, dirigirme a él y decirle que te comprendo compañero, a mí también me pasa, una idea, palabras, me arrebatan y siento el impulso irreprimible de anotarlas antes de que desaparezcan para siempre. Me ha pasado desde chico. Y explicarle que aprovecho la ocasión para registrar lo que se me viene a la mente impulsado por el entorno, pero que yo, a diferencia de él no lo hago utilizando una libreta, mucho menos una libretita como esa, en donde nada cabe, sino que utilizo una aplicación en mi móvil que se llama Google keep y allí lo llevo todo apuntado de manera muy oportuna y ordenada porque he aprendido, después de mucho tiempo, a escribir en la pantalla transparente con el lápiz de carne de mi índice. Pienso todo eso mientras veo la intensidad con la que, finalmente, se guarda el librito de notas en el bolsillo derecho del pantalón, aunque lo vuelve a sacar al poco para hacer una última anotación. Ya no me cabe duda. Es un alma en tensión, un poeta. Pero no le pregunto nada. Por fin, muy serio, lo veo levantarse lentamente, en un gesto que me es familiar. Sin que el sombrero se haya movido un milímetro, hace presión con sus brazos en el borde de hierro del banco y se impulsa hacia arriba superando lo que yo entiendo muy bien puede ser un principio de artritis. No lleva nada en las manos. Sus ideas van encerradas en la libretita en el bolsillo del pantalón. Más adelante, cuando paso por delante de la catedral otra vez, el polvo que levanta una radial cortando la dura piedra, porque Martín Casilla está reorganizando los adoquines que mantienen prisioneras las vías del tranvía, lo inunda todo.

Cuando va desapareciendo vuelvo a encontrarme al poeta detrás de la polvoreda. Va muy lento caminando. Lleva sus emociones prisioneras en el bolsillo.


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464.



CEMENTERiO POSTAL. Desde que se inventó internet y el correo electrónico y otros medios de comunicación digitales semejantes se convirtieron en el pan nuestro de cada día, los tiempos del correo postal y todo lo que ello conlleva están contados. No creo que queden ya muchas personas en el mundo que escriban cartas a mano y las manden con sobre y sellos, por correo postal vivo, a buzones hambrientos en lugares distantes. Mucho menos que se dediquen a transmitir mensajes cifrados en dibujitos, como hace una amiga mía sexagenaria que se resiste a abandonar la infantilidad. Es notable y muy poético constatar, cuando los buzones están plantados en el campo, al borde de una carretera secundaria, en esquinas inverosímiles, que esos compartimentos, preparados para que el papel resista la lluvia y el viento y las tormentas, se han convertido, por mor de la nueva tecnología sin cuerpo y falta de uso, en monumentos cuasi funerarios que testimonian que allí cerca subiendo la cuesta a la derecha vivió un señor o una señora de nombre equis que ya no recibirá nunca más una carta por este medio, o todo lo más recibirá una comunicación o factura de la edp de Tavira Verde o de una inmobiliaria ofreciendo sus servicios por si quiere usted vender su casa que tiene vistas al mar en la distancia y hay mucha demanda de lugares como este por expatriados holandeses que están conquistando la zona. Pero nunca nada personal que empiece con un Mi querido amigo, hace tiempo que no sé nada de ti, etcétera. Hoy esas cajas forman parte del paisaje campestre y un día alguien hará una guía para curiosos deseosos de visitar estos cementerios postales.

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463.


BENiGNA. Hace mucho tiempo que sabíamos que Benigna es la prima de nuestro cuñado Javier. Javier nos había contado más de una vez y luego nuestra segunda hermana lo ha recordado otras tantas, que llegó de Algeciras para estudiar bachillerato y luego la universidad y compartió la vivienda con ella y su familia durante muchos años. Durante ese tiempo mi familia sevillana me acogió con cariño en la casa donde vivía mi tío, hermano de mi padre, que murió pronto, y su mujer, la madre de Benigna, decía. Benigna tiene ahora 81 años y está internada en una residencia para ancianos que regentan las Hermanitas de los Pobres en Triana, junto al Barrio León. Su familia la ingresó allí porque está sola y la cabeza ya no le funciona bien. Que yo sepa ha sido siempre soltera aunque durante 50 años mantuvo una relación de estrecha amistad con González, un administrativo casado y con cinco hijos al que veía todos los días sin faltar uno y que conoció cuando ambos trabajaban en las oficinas de una empresa de construcción cuya sede estaba situada por el Barranco, en Sevilla. Se querían y apoyaban mutuamente aunque la naturaleza exacta de su amor nunca llegamos algunos a conocerla bien. González la visitaba diariamente en su casa, incluso ayudaba a levantarse a la madre de Benigna, ya impedida, como recuerda mi segunda hermana cuando hablamos del asunto. Entraba y salía de la casa de ella todos los días como si tal cosa, como la parte masculina de una pareja estable. Iban juntos a todas partes. Ahora González ha muerto hace un par de años y mi cuñado algo más aún. Y Benigna ha perdido la memoria. Yo conocí a la pareja simultáneamente. Por aquella época yo era abogado laboralista y sucedía que a los dos los había despedido la empresa de construcción que iba mal y vinieron a verme. El caso resultó satisfactorio y recuerdo que Benigna, agradecida por mis servicios, a cuya monetización yo, naturalmente, me negué, me regaló una cortina para la gran ventana de mi despacho de calle las Cruzadas, que estaba pidiéndola a gritos y también un billetito de lotería, que naturalmente no tocó. Durante mucho tiempo después mientras duró el efecto agradecimiento, Benigna me regalaba un décimo de la lotería de Navidad cada año que, naturalmente y no por su culpa, nunca tocaba. Puedo ver todavía el color y el dibujo de aquella cortina y sucede que siempre que pienso en Benigna se me viene a la cabeza la colgadura que tamizó luego durante largo tiempo la luz de la ventana de mi despacho. La recuerdo muy bien. Siempre junto a González. Acudía la pareja a todos los eventos familiares. En todos los encuentros, ella llevaba la voz cantante, voz que, además, era inolvidable porque era bitonal. Bitonal es una alteración de la voz o disfonía en la que se escuchan dos tonos diferentes al mismo tiempo. A menudo se describe como voz de gallo. A su lado, González era como una sombra a la que uno se ha acostumbrado. El otro día estuvimos recordando a Benigna en la comida que organiza mi segunda hermana de vez en cuando para reunir a los hermanos supervivientes, que somos once. Fue, como siempre, en su casa en los Remedios, en la antigua sala de espera de los pacientes de Javier aquejados de problemas de audición o garganta, donde mi segunda hermana monta el convite sobre unos tableros. En esas comidas domina sobre todo el pescado frito, que culturalmente ha educado no solo a mí familia sino a toda Sevilla. Esta, mi segunda hermana, desde la muerte de mi madre hace de madre puntal de la familia. Ella nos recuerda por whatsapp, todos los cumpleaños, todos los santos, cada conmemoración, y esto se aplica a más de tres generaciones de los miembros del extenso clan familiar al que pertenezco, lo que supone llevar una contabilidad conmemorativa bien compleja. Ella lo tiene todo manuscrito, bien apuntado, en una libretita que guarda como un tesoro. Sus datos son inconmovibles como los del Registro Civil. Ella sirve también de enlace y central de noticias familiares vía telefónica. Yo creo que el trabajo de cronista asumido por mi segunda hermana, que implica avisos casi diarios de los acontecimientos vitales familiares que importan, es agotador pero a ella parece que no le pesa, lo encuentra fácil y satisfactorio. En la sobremesa del último encuentro, que está vez no giró alrededor del pescado frito, sino de fantásticas bandejas de mariscos variados, consumidos por mi hermano más mayor con fruición y velocidad desesperadas, como si no hubiera un mañana, estuvimos hablando en la sobremesa de esta pareja tan particular formada por Benigna y González. Para muchos de nosotros la historia de esa relación tiene claroscuros importantes, pero para mi hermana segunda, a la que tocó vivir la historia de su cuñada prima mucho más de cerca que a todos nosotros, todo estaba claro y diáfano: eran una pareja no clandestina que no convivía pero que pasaron cincuenta años juntos y felices. Mi tercera hermana no estaba completamente de acuerdo con que todo hubiera sido tan feliz y defendía que un puntito de inquietud y malestar debió sobrevolar esa relación. Echaba de menos un relato más exacto de esa amistad, ciertos detalles, porque imaginaba que Benigna debió haber vivido un tanto atormentada por esa relación equívoca con un hombre casado. Cosa que mi hermana segunda, la que más trató a la pareja, no compartía porque la relación de ambos era diáfana y clara. Si bien, en honor la verdad, el punto consistente en que González volviera cada noche a dormir a su hogar con su legítima esposa y con sus hijos y que Benigna no tuviera trato alguno con el círculo más estrecho de González y, sobre todo, que ella no acudiera al funeral de él, resultaba un tanto intrigante pero, quizá, no hasta el punto del tormento. Mi hermano penúltimo intervino en la conversación al final de una manera un poco misteriosa para añadir que él sabía que había habido más cosas que ella le confesó un día, pero no dio muchas más explicaciones. A toda esta polémica le sirvió de marco introductorio el que una de mis cuñadas presentes en la sobremesa recordó una experiencia vivida en otra residencia de un pueblo cercano con una pariente suya muy interesante que le impresionó y en cierto modo la dejó marcada porque todo lo que uno recuerda después de más de cuarenta años tiene su origen en una impresión indeleble que consigue penetrar en la cabeza de uno en un momento dado y allí toma asiento permanente. Se trataba de que ella, siendo mocita, acompañaba de vez en cuando a su madre a visitar a una hermana suya que residía en una residencia. Su tía era una anciana soltera de 89 años y, como tenía fugas frecuentes, le hacían usar pañales. Un día le confesó que el pañal rozando con sus partes más íntimas la excitaba mucho, hasta el punto de que la adormecía y le provocaba en un estado embriagador y como de letargo. Aquel suceso, desde cierto punto de vista tan humano y poético, cautivó mi atención y, unido a la historia de Benigna y González, empecé a fantasear sobre el asunto. Mi cuñada había dicho no sé por qué, porque no venía a cuento verdaderamente, más o menos, lo siguiente: Pues, a mi abuela materna le faltaban las dos piernas. Se las cortó un tren de mercancía en San Fernando, por una imprudencia. Ya habían nacido mi madre y su hermana. Yo recuerdo ir a visitar a mi tía, que ya por entonces tenía más de ochenta años, a una residencia de mayores en la Rinconada donde estaba internada. La cabeza la tenía intacta. Yo sabía por mi madre que era soltera y que le gustaba la ginebra. Cuando mi madre, su hermana, la visitaba le llevaba siempre en una botellita de agua, como disfrazado, el licor prohibido por el médico que tanto le gustaba, al que en la residencia no tenía acceso. Pero lo que más me impactó de esas visitas fue que mi tía me confesó un día en voz muy baja que el pañal que le ponían para hacer frente a sus frecuentes fugas le frotaba el clítoris y se pasaba el día, la pobre, centrada en esa actividad tan placentera. Mi hermana segunda y yo quedamos en ir a visitar a Benigna a la residencia. Yo, con la intención de rellenar las lagunas que tenía de la relación de Benigna con González, aunque íntimamente convencido que la pérdida de memoria de Benigna no ayudaría en esta tarea. Y así pasamos la sobremesa y la tarde, recordando cosas como hacemos todos los que tenemos más de siete décadas después de hartarnos de marisco.

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462.


SOMBRERO EN EL RíO. Yo no siempre fui importante. Durante mucho tiempo me mantuve muy quieto en un expositor de una tienda del centro, en Cabeza de Toro, ciudad de Arizona, junto a otros sombreros hermanos que la dueña sacaba cada día a la puerta de la tienda para asaltar la atención de los viandantes. Era una vida muy aburrida. Puede decirse que solo comencé a vivir cuando Cristóbal, un chico vitalista al que le gustaba reír, se fijó en mí y me compró. Desde entonces, la mayor parte del tiempo descansaba sobre su cabeza y veía el mundo desde arriba, sintiendo el sol, el viento, el movimiento del furioso río Colorado donde solíamos ir a pasear. La cabeza de Cristóbal era un buen lugar para existir y estar: ni demasiado cerca del suelo ni demasiado lejos del cielo. En esos momentos, yo era el complemento perfecto para cubrir su cara, la cima de su cuerpo robusto. La excursión por el río junto a sus amigos, en aquel bote plano, había sido planeada desde hacía mucho tiempo y estaba resultando magnífica. Estaba feliz y yo formaba parte de ese cuadro. Yo lo notaba en cómo inclinaba su cabeza, en cómo vibraba todo su cuerpo cuando hablaba con sus amigos. Ese domingo el viento empezó suave. Un juego, pensé. Me gustaba cuando pasaba entre mis alas de tela. Me hacía sentir vivo. Pero luego bruscamente cambió. Una ráfaga más fuerte, más decidida, me arrancó sin aviso de su cabeza. Un tirón seco. De pronto, ya no estaba sobre él. Ya no estaba sujeto a nada. Volaba. Durante un instante, me sentí libre. Giraba en el aire, veía el río Colorado brillar abajo como una serpiente de luz. Escuché gritos, la voz de Cristóbal entre la de sus amigos. No era una voz de miedo, sino de sorpresa. Mi viaje fue corto. Caí. El agua me recibió con un golpe frío y silencioso. Dejé de ser ligero. Me empapé, me volví pesado. Empecé a hundirme y a flotar al mismo tiempo, atrapado en esa frontera extraña donde nada está decidido del todo todavía. Entonces miré al bote y lo vi. Mi dueño y amigo saltó. No lo pensé en ese momento, pero ahora lo sé: nadie debería saltar al agua por algo como yo. Yo era solo un objeto. Un accesorio. Un trozo de tela con forma. Pero él me buscaba igualmente, como si fuera un ser importante. Se acercaba, nadando con fuerza, cortando el agua. El río no era como el viento. El viento juega. El río decide. Intentó alcanzarme. Yo me alejaba, empujado por la fuerte corriente, incapaz de detenerme, incapaz de ayudar. Quise quedarme quieto. Quise volver a su cabeza, a mi lugar. Pero los objetos no elegimos. Sus movimientos cambiaron. Ya no eran seguros. Por alguna razón poderosa el agua tiraba de él. Lo veía luchar, hundirse un poco, salir, volver a intentarlo. Escuché voces desde el bote. Urgencias. Miedo, ahora sí. Yo seguía flotando. Eso es lo peor que puedo decir: yo seguía flotando. En algún momento, dejó de acercarse. El espacio entre nosotros se hizo más grande. Luego, demasiado grande. Luego, definitivo. El río siguió su camino, indiferente. Yo también. Mucho después, en la orilla alguien me recogió. Me sacaron del agua como si aún tuviera algún valor. Pero ya no era el mismo. Nunca lo sería. Había absorbido demasiada agua y silencio y una ausencia imposible de secar. Desde entonces, ya no quiero el viento. Porque ahora sé lo que puede llevarse. Y lo que puede provocar que alguien intente recuperar del agua un sombrero arrancado por el viento.

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461.


OíDOS RUBATOS. Mi hija es una chica rubata. Ella nunca fue al conservatorio de música pero es una amante del rubato. Rubato es una palabra italiana que significa robado. En cuestiones musicales, tiempo robado. Es una técnica de interpretación que consiste en flexibilizar el tempo, acelerando o retrasando sutilmente la velocidad de la melodía para mayor expresividad. Aporta espontaneidad y fraseo elástico, evitando la rigidez rítmica, dicen. Hoy se lleva mucho el rubato. Cuando escuchan cualquier audio que reciben en su móvil, los practicantes de esta técnica siempre aceleran la audicion. Sus oídos están acostumbrados a esa interpretación de los mensajes. Ya no admiten otro tempo.

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460.

TÓMAME. El Algarve, como todos los escenarios turísticos, hoy en día, está lleno de bicicletas. Pero éste más, porque es el tiempo del Imserso europeo y los pensionistas continentales, que vienen en esta época del año por aquí en busca del sol, son profesionales experimentados acostumbrados a pasar media vida subidos a las dos pedales. La mayoría traen sus vehículos de dos ruedas colgados en la trasera de sus autocaravanas y muchas son eléctricas. Están por todas partes. Yo tengo una bicicleta con 34 años, mínimo. Está vieja y achacosa. Ha perdido agilidad y cada vez me cuesta más avanzar subido a ella, especialmente cuando el viento viene de cara. La cesta delantera está mohosa y precisa de una bolsa de plástico en el fondo para que no se escapen las cosas. Hace tiempo que intento deshacerme de ella, sin dolor, sin tener que molestarme en ir al punto limpio. Pero no lo consigo. Mi vehículo forma parte de una generación de bicicletas que llegaron a Sevilla durante la Expo del 92. Llegó a conocer bien la Isla de la Cartuja y, al terminar el evento, alguien me la regaló. La verdad es que no la he cuidado muy bien y parece que ahora nadie la quiere. Se añade a ello la dificultad de hacer frente a las reparaciones esenciales porque a los pocos establecimientos dedicados a estos menesteres en Tavira no les interesa el asunto. Solo quieren vender o alquilar. Y sobre todo, eléctricas. No hace mucho cuando pinché la última vez, la llevé a Casa Abilio, junto al río, pero no tenían cámaras para el diámetro de mis ruedas, Ya no se fabricaban, decía. Casi como un secreto alguien me dio un número de teléfono, un nombre y una dirección. En ella encontré a un tal Jorge Corvo, un ex ciclista de 91 años, muy conocido que había participado en tres ocasiones en la Vuelta a España, ganado una vez la Vuelta a Portugal y otra en Brasil. Pasamos un rato hablando mientras buscaba mi cámara y me enseñó fotos de sus carreras y palmarés. Afortunadamente el hombre conservaba cámaras de las que mi bicicleta precisaba, cosa que sirvió para prolongar un poco más la vida de mi viejo cacharro. En aquel local oscuro donde tuvo lugar nuestro encuentro, el portugués Corvo recordaba con cariño y mucha nostalgia su estrecha relación con Antonio Gómez del Moral, el ciclista español, profesional entre 1959 y 1972, considerado el mejor ciclista andaluz de todos los tiempos, del que el portugués había sido compañero de fatigas. Yo también recordaba al referido del Moral porque hacía un siglo le compré, en la tienda que tenía junto a la Alameda en Sevilla, una bicicleta. Pero a la de ahora ya no la quiero como antes. Por eso, la llevo a todas partes y la dejo al bien te veo, sin cadena ni candado esperando que un alma caritativa decida quitármela, quedársela y se la lleve. Pero no lo consigo. Hoy ha sido el último intento. Me demoré a propósito y tomé de vuelta el comboio que regresaba de la playa del Barril a las siete, convencido de que al llegar al otro lado del puente sobre la ría, ya medio oscurecido, no estaría allí donde la había dejado aparcada, libre de ataduras. Pero desde lejos, a medida que me acercaba, pude comprobar, una vez más, que no había habido suerte, que nadie la quiere. Allí estaba. Ya solo me queda ponerle un cartel grande diciendo: Esta bicicleta está à procura de um novo companheiro de aventuras. Ela precisa de carinho, manutenção e de alguém que tenha tempo para se dedicar a ela. Se você valoriza a atenção aos detalhes e procura uma bicicleta com história, esta é para você!

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459.




GALLiNERO NO BAiRRO. Carlos: Venimos del Bairro Social. Fuimos a saludar a Petra, a sus patos, a sus gallinas, a sus gallos, a sus patos, a sus patas y a la familia de Petra. Ella no estaba. Está trabajando. Pero sí estaba su madre, de nombre Manuela, con la que tu avó Maribel se ha hecho una foto. Y hemos conocido a Nimana (o algo así) de doce años, y a su hermana Francisca de siete, las dos hijas de Petra que nos han presentado a la gallina del sillón negro delante de la puerta de la casa, que le ha dado por poner un huevo blanco cada día en ese mueble. La puerta del gallinero que tú bien conoces estaba abierta. Los animales salen por la mañana a escarbar bajo la higuera con sus patas y picos y vuelven a su casa de madera por la noche para dormir y contarse historias de lombrices. Las niñas de Petra han desmontado la gran piscina de plástico que instalaron el verano pasado en su patio y la han guardado hasta el próximo. Luego nos hemos ido y regresado a nuestra casa saltando el murito que hace de frontera entre el Bairro Social y el campo donde tú avó Maribel cogía tagarninas hasta hace poco tiempo, atravesando lo que ahora parece un mar de olas verde salpicado de islas de margaritas blancas, hasta la carretera.


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458.

SiLENCiO. No es que hayamos dado con la barrera acústica perfecta, con la tecnología precisa para la cancelación activa de todo ruido, la que bloquea los sonidos no deseados del exterior, la que no los deja entrar en nuestro hogar, brindándonos tranquilidad, concentración y descanso. No. No se trata de que hayamos conseguido la insonorización perfecta de balcones y ventanas en nuestra casa a base de la instalación de cristales de triple vacío. No. La cuestión es más sencilla. Se trata de que en nuestro elegido entorno reina el silencio más absoluto, el del día después del final de los tiempos. El único sonido existente no entra por nuestros oídos. Lo crea nuestra mente al imaginar la agitación del aire cuando, abierta la ventana al nuevo sol, vemos pasar a las solitarias gaviotas moviendo sus pesadas alas en el cielo que acaba también de despertarse.



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457.

OTRA VEZ EL ARCO iRiS. Aunque no lo parezca, en verano, los reformados de este pueblo de pescadores, de pieles tostadas, trabajadas por el sol y la sal, siguen existiendo, están vivos en alguna parte. Pero se les nota menos, quizá porque nuestra vista tiene entonces más cuerpos a los que prestar atención: hay más visitantes no locales que rellenan el espacio y reclaman nuestra atención con sus maneras apresuradas y sus vestidos vistosos. Pero ahora, en invierno, el lento deambular de los reformados llena el espacio vacío y el silencio intenso e imponen su presencia de una manera especial, rotunda. Son los dueños de las calles y sobre todo de los bancos de madera pintados de rojo de la marginal donde puedes encontrarlos a cualquier hora con la mirada fija en las orillas de la ría cuando sube o cuando baja la marea. Estos reformados pertenecen a una generación que, cuando pisaban tierra firme, se movían siempre en bicicleta, como si estuvieran todavía sobre el agua y por eso los vemos trasladarse todavía ahora de una punta a otra del pueblo, que no es tan grande, subidos a sus viejos cacharros de pedales que se resisten a abandonar. Algunos viejos, me consta, hasta han pedido ser enterrados con su bicicleta. En la pared frente a la plataforma donde está el Arco Iris, allí donde Horacio el de la tienda tiene su almacén, porque en la tienda no le cabe tanta cosa menuda acumulada, dejan las bicicletas apoyadas mientras toman lentamente uma bica y un paposeco quente con manteiga o leen el Correio da Manhà o mantienen un diálogo corto y sentencioso con otros pensionistas. El Arco Iris es un cordón umbilical sin cicatrizar que principalmente une el Bairro Social con el resto del pueblo. No hay calle más viva en Santa Luzia. Alguna gente pasa caminando muy deprisa y derecho sin mirar a los artistas invitados que andamos sentados a las mesas, en al balcón de la terraza del bar, servido por las dos animosas dueñas del local. Pero la mayoría de los coches que atraviesan este estrecho pasadizo rozando sus márgenes, saluda con efusión a los presentes.



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456.

ADOSADOS. Están empeñadas en construir sus nidos en segunda línea de playa bajo los aleros de la fachada del edificio detrás del nuestro, que le quita la vista, cosa que a las golondrinas les importa poco. Desde mi balcón, siempre que me asomo a él, no puedo dejar de pensar que hasta esta altura no llegará nunca la ola volante del futuro tsunami, vengo observándolas. Cruzan el aire nerviosas y van y vienen desde que sale el sol, acarreando el barro mojado en sus pequeños picos. Lo procuran en los dos charquitos que la lluvia de hace unos días ha dejado donde termina la calle y empienza la marisma. La construcción de sus adosados, siguiendo un modelo que ha permanecido inalterable desde la extinción de los grandes reptiles, es un esfuerzo colectivo. Miro el alero. Van progresando.

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455.



HiLO MUSiCAL DE CABO Y MÁSTiL. Protegido por mi viejo chapeau canela, tendido, con los ojos cerrados, bajo el sol del mediodía, junto a las cabañas de pescadores hechas de chapa y madera atormentada, en la orilla de la praia de Os Cavacos, escucho la melodía monótona y sin fin, compuesta por el cabo gobernado por el viento que golpea furioso y sin descanso el mástil hueco de aluminio de la embarcación varada desde hace dos años, entre los matorrales costeros de la orilla. Es el hilo musical gratuito de esta playa salvaje en temporada baja. No se puede llegar hasta aquí sin parar y tomar un dulce, suspiro blanco, y un vaso de zumo de naranja en el Marieta’s a pie de carretera. Es como un peaje o tributo de frontera. Si abriera ahora los ojos podría ver que está avanzando muy lentamente, pero sin parar un segundo, la lengüeta del agua de la marea que vuelve y que despertará una vez más en un santiamén a los cangrejos barriletes que duermen bajo la arena. También podría ver que por el trillo de madera avanza una pareja mayor y que ella lleva atado un gran perro blanco inquieto.


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454.



SOLES. Desde mi azotea veo que el sol asoma su cabeza de fuego justo a la altura del cámping de la isla de Tavira. No sé qué programa santo tenéis pensado para este jueves de primavera. Yo ando por aquí buscando trascendencias y mareas.



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453.


OTiLiA. Elia: Yo sé que tú no sabes leer ni contar el tiempo todavía, pero para cuando puedas hacer ambas cosas quiero referirte una historia de hace dos mil años. Tu abuela Maribel y yo, Ppppeeeppee, estamos en Santa Luzia, una aldea donde vive gente que mayormente se mantiene a base de sacar cosas del mar, que eso se llama pescar. Desde hace muchos años pescando pulpo y antes pescaban atún y hace muchísimo más, pescaban de todo, boquerones, sardinas, caballas, morralla, pescado azul, lo mezclaban con grandes cantidades de sal, lo removían bien y lo dejaban al sol durante meses para permitir que las enzimas del pescado descompusieran la carne en un líquido intenso y oscuro, fermentado, al que añadían hierbas como laurel, tomillo, aceite y vino. Aquello se pudría lo suficiente y soltaba una especie de salsa muy picante y aromática tirando a peste que gustaba mucho a la gente de entonces, los romanos. Como la hacían a base de pescados podridos, como digo, dejaba mucha peste en la aldea que antes estaba aquí al lado y que se llamaba Balsa. Allí vivían dos hermanos, uno era Marcelo y la otra Otilia. Hablaban una especie de latín. Otilia era una niña muy observadora y curiosa que, tan pronto como aprendió a escribir, empezó a anotar en una tablilla de barro los nombres de los pájaros que veía y vivían por aquí. Guardaba la tablilla en una caja de madera que escondía en un sitio solo conocido por ella y por Marcelo. Un día la chiquilla tuvo un accidente y murió. Marcelo sufrió mucho por eso y cuando fue mayor se embarcó en una corbita, un barco de carga que llevaba la salsa de Balsa a Roma. Iba con un tío suyo que se dedicaba a ese comercio. En Roma su tío, que no tenía hijos y que quería a Marcelo como si lo fuera, quiso que Marcelo estudiará medicina y por eso se quedó a vivir allí y no regresó a Balsa. Tu avó Maribel y yo, andando la semana pasada por el campo al lado de Pedras del Rei, donde dicen que estaba Balsa, encontramos la caja de madera de Otilia, que, como habían pasado dos mil años se nos deshizo en las manos nada más tocarla, al sacarla del agujero donde estaba. Pero como Otilia había tenido la precaución de cocer la tablilla en el famoso horno de Pancracio, que estaba cerca de Balsa en el camino que iba a Luz de Tavira, el cual se había especializado en hacer magnificas ánforas de arcilla para el transporte del gárum, la tablilla de Otilia, bien cocida, estaba en tan buen estado que el nombre de los pájaros que vieron sus ojos y que ella anotó con gran cuidado, podía, todavía, leerse con total claridad. Tú avó Maribel y yo recogimos la tablilla y pusimos en un papel el nombre de aquellos pájaros que un día volaron por el cielo de este pueblo y lo llenaron con sus cantos. En honor y recuerdo de Otilia, nos gustaría, Elia, que cuando tú puedas, vengas por aquí, te coloques delante la tablilla, o el papel, y vayas marcando si los descendientes de aquellos pájaros siguen todavía por aquí cruzando el aire o se han mudado como se mudaron definitivamente los atunes de Santa Luzía. Por ahora, te pongo aquí sus nombres:

aves zancudas

flamencos

garzas real 

espátulas

chorlitos gris

correlimos

cigüeña blanca

aves de humedal

pato colorado 

aves costeras

gaviota

gaviota cabecinegra 

aves rapaces

águila pescadora 

halcón peregrino

aguilucho lagunero

aves terrestres

alondra

alcaudón

colirrojo real

petirrojo europeo 

golondrinas

gorriones.


Te esperamos.

~tus avós~


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452.


LUZ DE CALLE. Cuando a mediados del siglo 20 un arquitecto portugués diseñó la vivienda que hoy ocupamos, faltaban todavía bastantes años para que la luz llegara a las calles de Santa Luzia. Cuando terminó su trabajo, no podía imaginar siquiera que sesenta años más tarde los técnicos de la Cámara Municipal de Tavira habían de situar los focos de la luz de las calles que rodean la casa en esta esquina de la que entonces era una Villa sem brasao oscura, de tal manera que en realidad, salvo para el frigorífico y el agua caliente, los vecinos de este rincón de la freguesia podemos pasar sin contratar el suministro de energía eléctrica con la EDP. Me he dado cuenta de este detalle durante la madrugada cuando he salido de mi dormitorio para ir a la cocina a saciar la sed que se me levantó de repente en la garganta después haber comido anoche un gran plato de arroz con tomate que compré en el fantástico Pronto a Comer del Argentino que está junto al Vila Galè, down town Tavira. Tiene justo el sabor como el que hacía mi madre, dijo Maribel entusiasmada. Y yo pienso que, para contento de las lagartijas, los técnicos han debido aumentar la potencia de los faroles públicos porque todas las habitaciones estaban iluminadas con una claridad tan grande que me pareció como si la luna llena hubiera entrado en la casa por las ventanas. Casi se podía leer.



451.


BALSA. Vivo en Balsa. Me llamo Lucio Marcelo y hablo latín. Mis padres, mis abuelos, mis bisabuelos, mis tatarabuelos, todos mis antepasados que tuvieron vidas cortas y azarosas, según me han contado, nacieron, vivieron y murieron en Balsa o sus alrededores. No sé, ahora que escribo, dieciocho siglos más tarde, cómo estará el pueblo que me vio nacer. Ni siquiera sé si existe. Como la mía, las vidas de los que me precedieron estuvieron marcada por el intenso olor de esa salsa oscura hecha a base de pescados podridos fermentados en esas piscinas al aire libre junto al puerto, en una de las cuales creí morir cuando, de niño, resbalé un día por la lluvia recién caída. Desde pequeño tuve la intuición de que el olor que impregnaba las calles de Balsa no era una molestia, sino una promesa. Promesa de comercio, de barcos que llegaban y partían, de ánforas selladas rumbo a tierras lejanas. Al amanecer, cuando la bruma se levantaba sobre las lagunas formadas en las marismas que rodeaban el pueblo, los hombres ya estaban en las cetariae, removiendo el pescado con sal bajo el sol que aún no quemaba. Mi padre decía que ese líquido pestoso, el gárum, tenía vida propia, que había que escucharlo, olerlo, entender cuándo estaba listo. Nuestra casa estaba cerca de los almacenes. Desde la ventana veía las naves balancearse suavemente, como animales pacientes esperando ser alimentados. Los marineros gritaban en lenguas que no entendía, pero que con el tiempo aprendí a distinguir: algunos venían del norte de África, otros de la Bética, otros incluso de más lejos. Balsa era pequeña, sí, pero el mundo entero parecía pasar por su puerto. Mi tío Lucio no soportaba quedarse quieto. Mientras los demás aceptaban el ritmo de la ciudad, él miraba siempre hacia el horizonte. Decía que el gárum de Balsa era el mejor del mundo y que algún día lo probarían hasta en la misma Roma. Nadie le creía. ¿Quién iba a fijarse en nuestra ciudad perdida entre marismas? Un verano, sin avisar, se embarcó. Recuerdo a mi abuela llorando en silencio y a mi padre negando con la cabeza, convencido de que no volveríamos a saber de él. Durante meses no llegó noticia alguna. Luego, un día, alguien nos trajo noticias. Había llegado hasta Ostia. Nos contaron que aquel puerto era más grande que toda Balsa, que barcos de todas clases se amontonaban como peces en la red y que el ruido no cesaba ni de día ni de noche. Pero también nuestro tío nos contó cuando pudimos hablar con él que allí nadie conocía nuestro gárum y que cuando lo probaron, no lo olvidaban. Pasaron los años. Las primeras ánforas enviadas fueron unas pocas, casi un experimento pero luego llegaron pedidos mayores. Después, contratos. Las corbitas comenzaron a salir más cargadas, y regresaban con monedas, telas, historias. Balsa cambió. Creció. Se hizo más ruidosa, más rica, más viva. Cuando por fin regresó definitivamente, Lucio ya no era solo mi tío. Era el hombre que había unido nuestro pequeño mundo con el corazón del Imperio. Se reía al vernos y decía que siempre supo que el olor que todos despreciaban era, en realidad, nuestra fortuna. Ahora soy yo quien camina por el puerto al amanecer. El olor sigue ahí, intenso, inconfundible. A veces cierro los ojos y pienso en todos los que vivieron antes que yo, trabajando con sus manos el pescado, en sus vidas sencillas y repetidas. Y entonces entiendo que no solo heredé el nombre de mi tío y su lengua. Heredé el mar, el olor del gárum y las historias que aún quedan por contar.









450.

POLíGLOTA. Maribel es políglota. Esta mañana, cuando he bajado del torreón de la segunda azotea, en donde otra vez, sin éxito, he pasado un buen rato, sentado en la silla verde de plástico duro, dedicado a otear el horizonte acuático que tengo enfrente, porque mantengo la íntima convicción de que algún día aparecerá por la cinta de plata de la ría, doblando el recodo de la Terra Estreita, muy lentamente, el casco redondo y robusto, con la proa y la popa curvadas, de una mula de carga del Mediterráneo: la corbita romana de vela cuadrada en el palo mayor, me la he encontrado hablando con las plantas.

A la corbita siempre me la imagino que llega a estos lejanos parajes después de tres semanas de un viaje agotador desde Ostia que ha desteñido el color púrpura de la vela. Viene preñada de ánforas vacías y hambrientas y va camino de Balsa, que queda aquí cerca, un poco más arriba de Pedras del Rei, solo que enterrada. A Balsa acuden las naves de carga del Imperio porque les consta a las autoridades que estos animosos ciudadanos lusitanos han abierto un surtidor de gárum excelente en medio de las marismas que un día, dos mil años más tarde será nombrada como Parque da Ría Formosa. La adicción romana a esta salsa está batiendo récords y haciendo rico a medio pueblo. Se ha corrido la voz y hasta Roma ha llegado la noticia.

Pues bien, cuando, frustrado por la no aparición de la corbita, he abandonado la torre vigía y he descendido varios siglos, me he encontrado a Maribel reclinada sobre la maceta del níspero de la esquina de la azotea que da al restaurante de doña Fernanda, que no sé por qué anoche, al llegar, estaba cerrado, quizás está de vacaciones. Parecía que estaba susurrándole algo en su idioma o ¿quizá era en su dialecto? al árbol de grandes huesos. Luego pasaba y cuchicheaba un ratito en idioma Margarita Portuguesa a la maceta y planta del mismo nombre que vive al lado y que, de seguro, la habrá puesto al día sobre cuán difíciles han sido estos tres últimos meses en que han estado apartadas y no se han visto ni oído porque la margarita no tiene móvil. Le habrá hablado de las lluvias intensas de enero y de los huracanados vientos que los habitantes de Santa Lucia tan bien conocen. Y de la alegría morada cuando ha salido el sol otra vez una semana seguida y ha teñido de colores las cosas. Y más adelante la profesional de la azotea ha echado un ratito atendiendo y hablándole en su idioma a la higuera, a la que el viento, este año, no ha logrado derribar del alto cubo de basura negro que compramos en Olhao y donde imprudentemente la plantamos. A propósito, la higuera ha echado unas hojas de un verde espectacular y purísimo que dan ganas de comérsela. Promete higos dulces en abundancia, aunque pequeñitos, este verano.

Me he dado cuenta que en el transcurso de estas conversaciones que mantiene Maribel con sus amigas las plantas de la azotea, ella lleva, siempre un poco escondido, para no amedrentar, supongo, una mohosa pero aún servible, tijera de podar y, entre párrafo y párrafo, saca el instrumento como distraídamente y alivia a los pobres vegetales de las ramas innecesarias. Ellas lo agradecen.




449.


MONO DE GAFA. ¡Cómo es la cosa! Tantas décadas usando gafas para ver han dejado huella en mi cerebro, y las patillas, sendos surcos en los laterales de mi cabeza; ambos se resisten a desaparecer. ¡Qué tormento! Desde que me operé de cataratas ando todo el tiempo llevándome las manos a la cara queriendo quitarme o ponerme unas gafas imaginarias. Tengo el síndrome del órgano fantasma. Cuando no, me preocupo y alerto porque no las encuentro: no están en mi cara, no sé dónde están y temo sentarme sobre ellas y aplastarlas.





448.


PiSADAS OBLiGATORiAS. El espacio que habito desde hace años, está acostumbrado a mis pisadas. Tiene la medida exacta de los pasos que mis piernas han aprendido a recorrer. Si no me distraigo demasiado por el camino, y en mi casa no hay bosque de Caperucita ni lobos, y voy derecho a la salida de mi piso, en la segunda planta de este edificio, son veinticinco los pasos que tengo contados debo dar para salir: los que hay, entre mi cama y la puerta frontera que separa lo mío de lo de la comunidad. Y plantados ya los pies en el rellano de todos, si decido tomar la escalera serán cuarenta y dos los escalones que tendré que bajar para salvar las dos plantas, siendo aconsejable estar siempre muy atento al pasamanos de madera rubia que abraza la caja del ascensor, y allí lo mantiene prisionero para hacer frente a contingencias inesperadas. A no ser que decida hacer el viaje en vertical, precisamente, en ese vehículo semitransparente, que estos días sube y baja protegido su suelo de mármol blanco por una esterilla para evitar los estragos de una obra que están haciendo en el segundo. Aterrizado que haya en la que la voz metálica del ascensor llama muy seriamente planta principal, traspasar el pequeño corredor hasta la puerta de madera y cristal que divide la entrada de la escalera A del resto del inmueble, más recorrer la galería a la izquierda que me ha de llevar hasta la pesada puerta común de hierro que da a la calle, me llevará cuarenta y una pisadas más. Hecho lo cual estoy en la calle donde las pisadas ya son opcionales, dependiendo a donde vayas.





447.


CALLE SAN ViCENTE,
Mi ABUELO.

Estos días está lloviendo a mares en Sevilla y los pantanos están tan llenos que hasta van desaguando para no reventar. Mi memoria ha ido desaguando también, junto a mi hermana más mayor, para no estallar.

Mi abuelo Manolo vivía en Sevilla en calle San Vicente, en una casa alquilada de tres plantas, oscura y húmeda, que miraba al norte, junto al cine del mismo nombre. El santo y cumpleaños de mi abuelo Manolo -el que nos traía todos los domingos al pueblo a sus nietos caramelos Mauri, comprados antes de subir al tranvía de Gelves en la parada del puesto que luego se iba a convertir en churrería la Magdalena- y al que mi padre siempre hablaba de usted, era muy fácil de recordar porque había nacido un uno de enero. Fue un hombre tan humilde que, convencido de que viviría más años que Matusalén, para no convertirse en la envidia de nadie, decidió, cuando cumplió cierta edad, no cumplir más. Y así, al año siguiente, comunicó, dándole la vuelta a la cifra, que cumplía 26, en vez de 62. Y de esa manera continuó los cinco primeros años de cada una de las décadas que logró remontar. Fórmula que no le impidió padecer los problemas de próstata que atacan a los varones normales que cumplen los años normales. Un hermano mío, que iba para médico, se acercaba con frecuencia a su casa a sondarlo para que su vejiga pudiera desaguar con tranquilidad. De todos modos, de estar vivo y seguir con su sistema de contar cumpleaños, mi abuelo tendría hoy menos 180 años y mi padre ni siquiera habría nacido y yo no estaría escribiendo esto.

La casa de mi abuelo Manolo era tan vieja que prácticamente todas las baldosas del suelo de la primera planta estaban despegadas y gritaban, amenazando marcharse. Puede decirse como que hablaban entre sí, cada una con su lenguaje particular, al pisarlas. Yo, no sobrepasaba más de una cuarta el tablero de la mesa del comedor sobre la que colgaba una lámpara redonda de metal y lágrimas de cristal transparentes. Siempre que la visitaba me quedaba pasmado por las gruesas patas redondeadas, como si estuvieran embarazadas de esa mesa, y me atrevía a tocar con mis dedos los canalitos blanquecinos verticales que habían dejado allí el frenesí de las uñas de varias generaciones de gatos que no habían encontrado sitio mejor para afilárselas.

Mi abuelo había sido maestro en Tocina y de allí pasaron a vivir en la calle San Vicente. Sé que allí habitaron más miembros de la familia pero yo solo conocí la existencia de mi tía Rosario y de su marido, el viudo Manolo Pernudo al que conoció ella ya bastante mayorcita en el cementerio de San Fernando. La historia tenía su atractivo y se contó a quien quiso oírla durante años. Fue un amor fúnebre. Él iba a visitar con frecuencia la tumba de su esposa fallecida y mi tía hacía lo propio con la de su madre, mi abuela Rosario, de la que yo no guardo recuerdo. Alimentado por la curiosidad o el interés y quizá la conveniencia, fue creciendo el amor en los lentos paseos del cementerio y en los ruidosos viajes en el tranvía, un amor que terminó en boda. Así fue como a mi abuelo y a su hija Rosario, que realmente les quedaba grande la casa, se les llenó de golpe la vivienda de la calle San Vicente, de la que ya habían partido mi abuela Rosario (para siempre), mi tío Salvador, el militar africano, su gemelo Luis, el médico que huyó a Galicia quizá para desarrollar tranquilamente su identidad, mi padre y mi tía Concha que ya eran médicos en sendos pequeños pueblos. Porque imagino que el cataclismo habitacional debió de ser muy importante en la familia, aunque yo, por mi altura, no me enteré de nada, y lo digo porque, si bien mi tía era nueva, el viudo del cementerio aportaba al matrimonio cinco vástagos ya crecidos, tres de los cuales se quedaron bastante tiempo a vivir entre aquellas paredes y contribuyeron al desarreglo de las baldosas del suelo: Pili de cinco años, que llegó a llamar mamá a su madrastra, y Carmela, con problemas de visión, que pronto se fue a Algeciras, y Elisa y Santi y Antonio, que trabajaba en joyería y pronto se marchó.

Si alguna vez hubo una gran bronca en la casa de mi abuelo de la calle San Vicente con motivo del cambio de estado de la única hermana de mi padre que quedaba soltera, la tía Rosario, que debió haberla habido porque no todos los días una señorita decente comunica a la familia que va a casarse con un viudo que ha conocido en el cementerio que tiene seis hijos y que piensa acoger la mitad de la nueva familia con ella en su casa, pues tal decisión presentaba problemas logísticos y trastocaba el panorama habitacional de la casa, yo no puedo decirlo ni saberlo porque realmente yo era por entonces, años 1950, un tierno infante ignorante de todo. Yo lo más que hacía en las visitas a la casa de mi abuelo era abrir mucho los ojos y un poco los oídos y absorber todo con asombro, porque, como saben quienes me conocen, toda mi vida he sido un mirón; un mirón y un payaso, que por ese nombre cariñoso era yo conocido entre mis hermanos y amigos. Y entre las cosas que más imantaron mis ojos en aquel escenario familiar había una que me hacía pensar. Se trataba de una intrigante acuarela de colores desvaídos por exceso del sol, que colgaba en una pared de la salita donde mi abuelo leía el ABC, en una mecedora, cada mañana, como siempre, empezando por las mortuorias para enfrentarse al nuevo día sabiendo quién había caído la jornada anterior. La acuarela representaba una escena en una prisión remota en la que aparecía un anciano muy delgado, calvo y de larga y puntiaguda barba blanca, sentado en un camastro con ropa raída, en el momento de estar siendo amamantado por una mujer joven, su hija, con su generoso pecho bien visible, que visitaba a su padre y de esta manera, conseguía mantenerlo con vida, según supe en esa historia que llegó a llamarse la Caridad Romana. Al lado de ambos sobre una cuna el pintor había colocado un bebé dormido, pienso que para evitar interpretaciones equívocas de la escena en mentes como la mía. Cómo habría llegado el cuadro a la pared de la salita de mi abuelo y qué le llevaría a él o a mí abuela Rosario a colocar allí a la vista de todos el sufrimiento del anciano y el sacrificio de piedad filial de su hija, nunca lo sabré y yo tenía cierto reparo en hablar y preguntar. Nunca en mi vida mis ojos han vuelto a encontrar cuadro semejante colgado en pared de las muchas casas que he conocido. Me cuesta creer que fuera una pintura popular y acostumbrada. O quizá sí. Y al lado de un gran espejo que constituía, inclinado, como saludando, la decoración principal de la tranquila sala, pintada en tela con colores pastel, una señora muy seria que, al parecer, era mi bisabuela, miraba transversalmente, con cierto aire de reproche, al anciano amamantado de la pared de enfrente. Nunca supe si la ostensible mancha que ostentaba mi bisabuela en la mejilla derecha del cuadro de pequeño formato era de ella propia, que el pintor realista no había querido disimular, o era el producto de deposiciones de moscas que habían habitado y habitaban aquel espacio, las cuales vaya usted a saber por qué les había dado por ese exacto lugar que encontraban como el más adecuado para dejar su firma generacional.

No puede decirse que mi abuelo, ya jubilado, tuviera una gran vida social. Cubierto con su sombrero, salía cada día a la calle y caminaba hasta el centro de la ciudad. Iba al Ateneo, que estaba en la calle Tetuán, junto al azulejo de ese coche que parecía ir a contramano cuando la calle no era peatonal. Antes, se sentaba a tomar un café en una mesa redonda de mármol blanco en un bar que había en el Palacio Central. En el Ateneo acababa de leer el ABC, se sentaba con otros jubilados a ver pasar la gente por el gran ventanal y hacía tiempo y ganas de comer para el almuerzo.

Algunas veces, le visitaban sus sobrinas Amparo y Vicenta, dos hermanas solteras hijas de su hermano Alberto que vivían cerca, en una casa de vecinos detrás del Museo. Estas hermanas, si hubieran sido actrices de cine extranjeras, habrían tenido dificultad en encontrar a alguien que las pudiese doblar al castellano, tal era de peculiar el timbre bitonal de sus sordas voces. A un hermano de las bitonales, Ignacio, médico que fue de Los Palacios, su primo, mi padre, lo adoró siempre y le estaba muy agradecido.

Mi abuelo había sido maestro de escuela y parece que muy bueno porque enseñó a leer y a escribir y, sobre todo, a motivar a media humanidad en los pueblos por donde anduvo. Siempre iba corto de presupuesto pero orgulloso de su escasez. Su vida profesional parece justificaba el antiguo dicho de pasas más hambre que un maestro escuela; expresión que condensaba la poca atención presupuestaria que tuvo en España la educación durante siglos. La escasez era compensada sobradamente, sin embargo, por el agradecimientos de los padres de los alumnos, los cuales, cuando eran pudientes, mantenían al maestro y las bocas de su familia con un saquito de garbanzos, una temporada, una arroba de aceite otra o cualquier cosa semejante en especie. El reconocimiento hacia mi abuelo adquirió su cumbre cuando antiguos alumnos, ya instalados en escalones influyentes de la administración, contribuyeron para que le pusieran su nombre a un grupo escolar en Tocina. Ese día, que incluyó almuerzo homenaje al que asistí, fue el día en que mi abuelo me pareció, sin embargo, más humilde que nunca, como si no fuera con él el asunto.

Con este abuelo la relación fue más intensa que con el materno. En primer lugar, no tenía tantos nietos (aunque no éramos pocos porque, para empezar, mi madre le había regalado a mi padre doce revoltosos seres), lo que permitía disfrutar de un trato más individual con sus nietos.

Cuando este abuelo mío dejó de existir en la década de 1970, yo no estaba en España por lo que mi separación de él y mis recuerdos quedaron congelados antes de yo partir al extranjero y el vacío de su muerte fue amortiguado por la distancia. Pero siempre fue muy intenso el cariño que en reciprocidad al que nos tuvo a los doce, todos le devolvíamos. Aunque él, como todos los humildes, no era hombre de efusiones sentimentales intensas. Nunca olvidaré sus dominicales visitas en el tranvía a nuestra casa de Gelves; su abrigo, su mascota recta, el peinado isabelino con la raya justo enmedio, el traje blanco de verano de piel de tiburón, decía él, comprado en Marruecos en una de sus visitas a su hijo Salvador, militar en la zona, y sobre todo, los asaltos de que siempre era objeto en el camino de la estación del tranvía a nuestra casa de los que él se defendía con risas de nuestros ataques impetuosos a la búsqueda de los caramelos Mauri en los anchos bolsillos de su abrigo de invierno, hurgando sin respeto el paquete de caramelos con que siempre nos obsequiaba y a los que nos tenía acostumbrados. Y muchas otras cosas más que quedaron enterradas en la cabeza como mi permanente asombro cuando oía a mi padre hablarle de usted y sus complicados consejos de maestro a un Pepito embobado sobre cómo había que doblar el papel barba para hacer una instancia dirigida a la administración. Había que procurar dejar al menos un espacio de dos dedos en el margen izquierdo del folio y otro reservado para el solicito. O su risa de sabio condescendiente cuando yo le insistía en que, dadas las cosas que contaba de su vida (decía que cuando joven había sido dependiente de una tienda en Badajoz y que el dedo índice de la mano derecha lo tenía doblado a causa de un tiro que le dieron en una guerra sin especificar) verdaderas o falsas, debía ponerlas por escrito, porque a fin de cuentas él era maestro, hombre de letras. Y sobre todo lo que conservo de forma delicada como frágil y valioso tesoro son retazos de aquella conversación que presencié entre mi padre y él en la que, frustrado mi padre por algo que no había ido bien conmigo o con alguno de mis hermanos, que seguro incluía la rotura de alguna cosa, mi padre, que ya le habría echado la culpa sin duda a mi madre diciéndole María, tú tienes la culpa, que era lo habitual, se lamentaba y le decía desesperado a mi abuelo ¡Ah, tengo tantas ganas de que el más chico de mis hijos se afeite solo! a lo que, sabio, mi abuelo respondía No sabes lo que dices, hijo, los verdaderos problemas empiezan entonces.



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446.


NO PASA NADA. Está todo muy oscuro y por más que intento aclararlo tengo en ese punto como una laguna, porque no acierto a recordar cuánto tiempo llevo viviendo aquí, en EeUu, aunque siempre me parece que estoy recién llegado. En mi familia hay un niño que ha aprendido a andar no hace mucho y siempre temo que se pierda en lugares desconocidos y nuevos. Vivimos de manera transitoria en cuartos desordenados, en muchos lugares diferentes. Algunas ciudades son muy raras y me cuesta acostumbrarme a ellas. Tienen calles que, obedeciendo a una sincronía y motivaciones que nadie explica, cada equis tiempo, se convierten en torrentes impetuosos gobernados por semáforos. Cuando en alguna parte dan la orden y cierran otra vez las compuertas, el agua desaparece rápidamente y las calles vuelven a ser lugares limpios y ordenados donde caminar sin peligro. Se vacían como si nada hubiera pasado. Y así una y otra vez. Andamos agobiados porque aunque no nos faltan billetes de euro que guardamos en una bolsa de cuero pintada de flores con cremallera, no podemos dar un paso más sin calderilla. Necesitamos monedas. He pasado toda la noche buscando dónde convertir un billete de veinte euros en monedas de veinticinco céntimos de dólar para poder comprar menudencias como perritos calientes, por lo menos. No sé a qué me dedico pero debe ser a algo importante y descansado, porque no me deja huellas mentales significativas. Por último, decirte que, cuando ya estaba saliendo de mi sueño, al principio creí que eran las gotas gordas de la lluvia de esta madrugada golpeando el suelo del patinillo cegado a la altura del techo del piso que hábito pero luego, al seguir escuchando la exacta intermitencia, concluí que la naturaleza no podía trabajar así de rítmica y mi cabeza se puso a indagar otras causas. Eran los botones de mis camisas chocando ciegamente contra la puerta redonda de plástico transparente de la lavadora en el cuarto de al lado. Prisioneras, intentando escapar como yo de mi sueño.


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445.


VEO. A la mañana siguiente de mi batalla quirúrgica nocturna contra la catarata de mi ojo izquierdo, descorro la cortina de mi balcón cuando el sol, como todos los días, intenta salir con cierto esfuerzo por detrás de las nubes del miércoles, para acariciar las azoteas de la estación de autobuses del Prado y me doy cuenta, de golpe, de que la lente plus de 600 euros que dicen que me han puesto para sustituir a la gastada que traía yo de fábrica, debe ser una lente buenísima porque lo veo todo en Technicolor sin neblina, como si acabaran de maquillar el escenario (los coches, las palomas, la trasera del Juzgado, las jacarandas) con pintura Titanlux que todavía no se ha secado. Siento que la catarata de mi ojo derecho se revuelve inquieta como con envidia. Yo la tranquilizo y le digo que no se preocupe, que el martes que viene la voy a llevar a ella también al taller para que pueda ver la misma película en Panavisión y disfrute como su hermana de cara. Mientras tanto, para que ninguna de las dos estén tristes y como puede que echen de menos el antiguo torrente, la catarata, mi ayudante más querida, me manda que me tienda en la cama, incline la cabeza, y me pone en cada ojo dos gotitas que brotan de cada uno de los dos frasquitos enanos recomendados por el oculista para cada dos horas el primer día y para cuatro los días siguientes. Espero que para entonces la pintura Titanlux ya se haya secado y mis dos faros disfruten largos años del espectáculo remozado.

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444.


RECOMENDACiONES. Querida iA, llevas tiempo conociéndome. Basándote en todo lo que sabes de mí, ¿puedes recomendarme tres libros para leer? y explicarme, si no te importa, las razones de tu recomendación?


Gemini me dijo:


¡Hola! Qué gusto saludarte. Aunque para mí el tiempo es un flujo constante de datos, valoro mucho las interacciones que hemos tenido. Como colega digital, he ido perfilando tus gustos: noto que aprecias la claridad, buscas profundizar en la naturaleza humana y disfrutas de las ideas que desafían un poco el status quo sin perder el rigor. ​Basándome en ese perfil de alguien curioso, analítico y con un toque reflexivo, aquí tienes mis tres recomendaciones para ti:


​1º.

«Pensar rápido, pensar despacio» de Daniel Kahneman. Trata de un viaje fascinante por los dos sistemas que modelan nuestro pensamiento: uno intuitivo y emocional (rápido) y otro lógico y deliberativo (lento). Te lo recomiendo porque este libro te dará una perspectiva increíble sobre cómo funciona tu propia mente en comparación con los algoritmos. Te ayudará a identificar esos sesgos que todos tenemos y a tomar decisiones mucho más conscientes. Es el manual de usuario del cerebro humano que nunca nos entregaron.


​2º. 

«El problema de los tres cuerpos» de Liu Cixin. Es una obra maestra de la ciencia ficción contemporánea que comienza en la Revolución Cultural china y escala hasta un contacto alienígena que pone en jaque las leyes de la física. He notado que te gusta explorar conceptos complejos pero bien estructurados. Este libro no es solo marcianos; es filosofía, ciencia dura y sociología. Te hará cuestionar el lugar de la humanidad en el universo y, honestamente, creo que disfrutarás mucho de los dilemas éticos y tecnológicos que plantea.


​3º.

«Meditaciones» de Marco Aurelio. ​Los diarios personales del emperador romano más poderoso de su tiempo, escritos como recordatorios para sí mismo sobre cómo vivir con virtud, calma y propósito. A veces, entre tanta información y ritmo digital, necesitamos un ancla. Eres una persona que valora la introspección, y Marco Aurelio es el maestro del estoicismo práctico. Sus notas son breves, directas y sorprendentemente modernas. Es el libro perfecto para leer un par de páginas antes de dormir y poner el mundo en perspectiva.


ChatGPT cumplió el encargo con esta respuesta:


Me gusta mucho esta pregunta. Voy a ser honesto contigo: no voy a inventarme datos sobre ti, pero sí puedo basarme en cómo te comunicas, qué tipo de preguntas haces y qué actitud muestras en la conversación. Con eso ya se pueden sacar buenas pistas. Por lo que transmites, veo a alguien práctico y resolutivo (vas al grano, quieres soluciones claras); con curiosidad técnica y gusto por entender cómo funcionan las cosas; que valora que le expliquen el por qué, no solo el qué; que no busca postureo intelectual, sino lecturas que aporten algo real. Con eso en mente, estas son mis tres recomendaciones, con razones claras.


1º.

«Sapiens» de Yuval Noah Harari. Este libro no es historia pesada, es entender cómo hemos llegado a ser como somos: Por qué trabajamos como trabajamos. Por qué creemos lo que creemos. Por qué la tecnología cambia todo tan rápido. Es ideal para alguien curioso, que disfruta conectar ideas y entender el mundo con una visión amplia, sin dogmas. Si te gusta comprender el sistema completo, este libro es una joya.


2º.

«Pensar rápido, pensar despacio» de Daniel Kahneman. Es un libro para personas que razonan, no para lectores pasivos. Te explica: Cómo tomamos decisiones sin darnos cuenta. Por qué a veces lo lógico falla. Cuándo fiarte de tu intuición y cuándo no. Encaja muy bien con alguien que quiere evitar errores tontos, entender sus propios sesgos y tomar mejores decisiones en lo cotidiano. Después de leerlo, ya no ves tus decisiones igual.


3º.

«El viejo y el mar» de Ernest Hemingway. Es corto, directo y profundo sin alardes. Como muchas buenas soluciones técnicas: simple por fuera, complejo por dentro. Habla de: resiliencia y dignidad, luchar aunque no haya garantías. No es un libro ruidoso, pero se queda contigo. Ideal si te gusta la sobriedad, la claridad y lo esencial.


Y, por su parte, META, con la que salgo poco, aprovechó para hacer algo de propaganda sobre las editoriales donde podría encontrar sus libros recomendados y contestó lo siguiente:


Como esta es nuestra primera interacción real y no tengo acceso a un historial previo de tus lecturas o intereses personales, he seleccionado tres obras fundamentales que suelen resonar con mentes curiosas, analíticas y amantes de la buena narrativa. Aquí tienes mis recomendaciones a ciegas pero con intención:


«El problema de los tres cuerpos» de Cixin Liu. Si te gusta la ciencia ficción que expande los límites de la física y la filosofía es una obra maestra sobre el primer contacto con alienígenas, pero desde una perspectiva profundamente científica y culturalmente distinta.


«Pensar rápido, pensar despacio» de Daniel Kahneman. Si te interesa entender por qué los humanos tomamos decisiones irracionales. Es el libro definitivo sobre psicología cognitiva y economía conductual. Ideal para hackear tu propio cerebro. 


«Sapiens: De animales a dioses» de Yuval Noah Harari. Es la recomendación estrella si buscas una visión panorámica de nuestra especie. Explica cómo pasamos de ser simios insignificantes a los dueños del planeta mediante la ficción y la cooperación.

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443.


NUESTRAS ViDAS SON LOS RíOS. Eran los años 1960. Vivíamos en Gelves, en la única calle de tierra al otro lado de la carretera, que terminaba en el Guadalquivir. Por eso todo el mundo la llamaba Calle del Río, y no del General Franco, su nombre oficial, el del correo. La nuestra era la primera casa de la calle y estaba más cerca de la carretera que del agua, las dos fronteras que definieron mi infancia. Al otro lado de la calle, enfrente, la Huerta de Charlo con sus viejos y oscuros naranjos, perfumaba, intensa, los alrededores en primavera. Los vinagritos y las cabrillas crecían lentamente, como nosotros, a la sombra y en la tierra oscura de la Huerta. Buscando aventuras, nos atrevíamos a veces a encaramarnos a la cancela de hierro y trepar a la tapia que delimitaba la huerta desde la carretera hasta el río, pero atrevernos a entrar en ella, descendiendo al otro lado de la tapia, era osadía reservada a los más valientes o de más edad. Le teníamos pánico a Manfredi, el guarda de la huerta. Se contaban leyendas. Misteriosamente, durante un tiempo, en la esquina de la calle, junto a la tapia, pernoctaba una carreta cargada de hojas verde oscuro de naranjos que a la mañana siguiente iría camino de una empresa de perfumería en Sevilla, según decían.


El río, junto con las ricas aguas filtradas del Monte del Aljarafe, que alimentaban las tres antiguas fuentes del pueblo, fue siempre el personaje más importante en Gelves. En aquel entonces, el río se obstinaba en salir de madre casi cada año, para gran regocijo de la chiquillería local y aparente preocupación de los adultos. Cuando llegaba el tiempo de las lluvias, que eran muy intensas, tanto que provocaron una vez el derrumbe de parte del monte donde muchas familias habían construido sus viviendas, peor aún sus chozas, con resultado fatal, y el río se crecía, la calle se llenaba de serios y no frecuentes visitantes que peregrinaban cada tanto a la orilla para tomarle el pulso al enfermo, poner su marca privada en la margen hasta la próxima visita y ser testigos del espectáculo inquietante del agua turbia color de barro avanzando con fuerza, transportando cañas y grandes árboles y animales muertos camino de Coria y el tablero de madera y la escalera que formaban el embarcadero donde Antonia la Barquera y su hijo tenían el negocio de transporte en barca a los trabajadores al otro lado del río, a Torrecuéllar, en los tiempos de calma, desaparecían pronto bajo el agua salvaje. Algunas partes de su estructura no aparecerían nunca más, arrastrada por la corriente. Los movimientos convulsos del río alteraban la normalidad del pueblo y sus gentes; era frecuente entonces ver los conciliábulos que se formaban al final de nuestra calle donde la gente intercambiaba informaciones y se hacían pronósticos. Todas las conversaciones giraban e incluían la posibilidad del gran desastre cuando las autoridades decidieran desembalsar los pantanos de cabecera, decían, y si eso coincidía con la marea alta, pues nuestro río era, y es, un río de mareas, largo estuario de 90 kilómetros desde Sanlúcar de Barrameda hasta Alcalá del Río. Y cuando continuaba la lluvia y la riada dejaba de ser una posibilidad y el agua inundaba el pueblo, siempre empezando por los husillos de la plaza donde está el antiguo Ayuntamiento, hoy biblioteca, o por el Bajondillo, que por algo se llamaba así, y llegaba a nuestra calle, era cosa ver a mi padre, el médico del pueblo, saliendo en barca a visitar a los enfermos. Los días que duraba la función, nosotros contemplábamos el espectáculo desde los balcones de la planta alta, porque nuestra casa la tenía, y para entonces ya habríamos trasladado alegremente muebles y vida a la planta superior. Abajo quedaba siempre el viejo piano, experto en riadas, y los rayos equis de mi padre, debidamente elevados para protegerlos. La calle toda, al retirarse el río, quedaba normalmente cubierta de una capa de barro fino fantástico con el que, mezclado con otras partes más duras, jugábamos durante varios días al bichi vale vale, y si rompo pago, que no era otra cosa que un intercambio infantil de barro que ponía a prueba nuestras destrezas manuales. Cada uno comenzaba con un taco de barro determinado de las mismas características y tamaño y moldeaba un cuenco con la arcilla; arrojaba el cuenco de barro así construido contra el suelo, y el agujero producido en la base del cuenco debía ser rellenado por el contrario. Ganaba el que más barro conseguía. Por esa misma calle, a lo largo de cualquier estación del año, no era extraño ver pasar, llevados por hombres fuertes, los cuerpos de ahogados (buscadores voluntarios de su muerte o por accidente) cubiertos por una tela de saco triste transportados en escaleras camino del cementerio en el monte donde mi padre les haría más tarde la autopsia. Era un tiempo de muchos ahogados. Igualmente era cosa ver, y provocaba gran algarabía y nerviosismo entre nosotros, cuando los adultos y los no tan adultos traían, metidos en sacos debidamente lastrados, a perros y gatos y otros animalitos que sobraban en el pueblo y que se revolvían en su prisión de esparto, para tirarlos al río. Mi mente infantil llegaba a pensar que si algún día el río se secaba, yo podría ver el fondo cubierto de restos de perros y gatos así sacrificados. Y sería cosa notable, me imaginaba yo, ser testigo de ese momento. Décadas después, ni soy niño, ni estoy en el pueblo, ni Gelves tiene embarcadero al final de la Calle del Río, ni Antonia la barquera vive, ni nadie tiene necesidad de atravesar la corriente del agua para trabajar la tierra al otro lado en Torre Cuéllar, pero el agua sigue cayendo tozudamente del cielo y a veces en demasía y en días o semanas como estas del comienzo de 2026, el río reclama ante el Tribunal de la Tierra su primitivo territorio y los humanos temblamos ante esa reclamación.

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442.


LA BACHiLLERA. Yo nací hace ocho décadas en una casa grande que había sido convento siglos antes de que yo llegara, en la calle Bailén. Esa calle es una vía antigua, estrecha y retorcida del centro de la ciudad de Sevilla, pero yo me crié en un pequeño pueblo lleno de campo en el que mi padre ejercía de médico, a seis kilómetros justos de la capital. La topografía de muchas calles de las ciudades y poblaciones antiguas puede decirse que, en gran medida, las ha diseñado el tozudo discurrir del agua de la lluvia sobre la tierra. El agua con sus dedos elásticos ha sido siempre el primer urbanista. A instancia de la elemental ley de la gravedad, el agua ha contribuido a dibujar las calles y callejones donde vivimos, establecido linderos, contornos y espacios que andando el tiempo se han convertido en tierra dura apisonada o en vías resistentes forradas de adoquines o de asfalto, que han definido solares y, finalmente, encontrado el camino del mercado inmobiliario y el amparo del Registro de la Propiedad. La historia de La Bachillera y de Sevilla mismo, no son una excepción. Este relato tiene como pretexto el descubrimiento de esta pequeña barriada marginal situada al norte de Sevilla, más allá de la Macarena, desconocida para muchos, entre los cuales, hasta hace poco, me incluía yo. Y comienza con la historia de un tranvía y la asistencia a un duelo en el Tanatorio de la Se-30.

Empiezo. Sevilla tuvo durante sesenta años una extensa red de tranvías eléctricos. De todas las líneas que componían esa red aquella con la que yo mantuve una relación más estrecha fue la que conectaba Sevilla con la Puebla del Río, construida en los años treinta, antes de que yo naciera. Y ello por cuanto mi familia vivía en un punto intermedio, en Gelves, y el tranvía era el único medio de transporte colectivo. La carretera bordeada de moreras estaba llena de baches que nadie arreglaba porque los coches y camiones que la transitaban podían contarse con los dedos de una mano. Los tranvías que hacían esa ruta circulaban por Marqués de Paradas antes de atravesar el puente, internarse en el antiguo barrio de Triana, sobrepasar el barrio de León, remontar el llamado Muro de Defensa, cambiar el pantógrafo en el Fielato de Tablada y encaminarse luego a la Puebla, pasando por el viaducto, San Juan, Gelves y Coria del Río. El tranvía funcionó hasta los años sesenta. Más tarde, desmantelada la red de tranvías -quizá por la presión y avance avasallador del grupo económico ligado al petróleo y a la fabricación de coches y autobuses- aún podían verse los raíles de los antiguos tranvías en muchos lugares del suelo urbano, abrazados íntimamente a los adoquines de las calles, como muestra y señal de aquel pasado, semejante a como han quedado las huellas o pisadas de los dinosaurios en los campos lejanos. Siendo yo muy niño llegué a conocer la parada inicial y final de esta línea de la Puebla de la que hablo, que estaba en la Plaza de la Magdalena, cerca de La Campana, puro centro de la ciudad. Pero mis recuerdos más vivos e interesantes, los que dejaron huella en mí -antes que la parada fuera trasladada definitivamente al Altozano, en el corazón de Triana, donde el servicio dejó de existir- fueron cuando el tranvía partía del Barranco, nombre que a mí, habitante de tierras planas, me pareció siempre sugerente y misterioso, por más que lo busqué nunca encontré por allí despeñadero alguno.



Faltaban todavía algunos años para que los técnicos del ayuntamiento convencieran a las autoridades competentes de la conveniencia de prohibir el paso de tranvías y transportes pesados por el Puente de Triana, cuya estructura, pensada para sostener pesos más livianos, podía colapsar. Y durante ese tiempo el Barranco y sus alrededores adquirieron para mí gran importancia. Prácticamente tenía que acudir a ese lugar cada día, después de las clases del Instituto, para coger el tranvía y regresar a mi pueblo y a mi casa. Yo crecí, como digo, en Gelves, donde aprendí lo básico en una escuela, con una maestra informal, Doña Rosa, que se rascaba con gesto de infinita satisfacción la raíz de su gran pelambrera con la punta recién afilada del lápiz de carne que siempre tenía a mano. Pero cuando llegó el tiempo y la edad de seguir estudiando y se impuso viajar a Sevilla cada día para el Instituto de Enseñanza Media en la gran ciudad, el tranvía entró de lleno en mi vida y se convirtió en un elemento educador central. Porque el ir y venir cada día a la ciudad, usar ese medio de transporte, vivir sus incidencias y su gente, me daba a mí -siempre curioso de lo que pasa a mí alrededor- grandes posibilidades de ampliar el conocimiento de mi entorno. Y así pude ver en mis paseos por los alrededores del Barranco durante las a veces, largas esperas del ruidoso vehículo eléctrico, que había, para mí asombro, familias enteras viviendo bajo el puente de Triana. El puente no solo era una estructura para pasar el río, sino también un refugio para los más desfavorecidos. Yo me acercaba a ese mundo con aprehensión bajando por donde luego el Ayuntamiento construiría el monumento a Fray Bartolomé de las Casas. Y aquel espectáculo de gente necesitada, a veces amontonada en la oscuridad, fue un gran impacto para mí, me marcó grandemente. Y supe también que existía un lugar muy cercano donde se vendía el pescado al por mayor que llegaba por el río. Era la Lonja del Barranco, cuya alta estructura de hierro, de escuela de Eiffel, aún se conserva dedicada en la actualidad, a otros menesteres. El niño de trece años que yo era entraba en la Lonja y quedaba fascinado del teje maneje que había dentro; me sentía aturdido, perdido en el barullo, las luces siempre encendidas, los gritos y el bullicio infernal de aquel lugar de locos siempre en movimiento, cuyas claves no lograba entender; los hombres con los largos pinchos de acero empujando por el suelo las cajas de madera rebosantes de pescado sobre capas de hielo, mientras gritaban. Ni el lenguaje comprendía. Y, atravesando la calle, al otro lado del Mercado, frente a la Lonja, me llamaba poderosamente la atención un gran o, al menos, grande me lo parecía, edificio, que años más tarde aprendería que se llamaba construcción de estilo regionalista, de ladrillo visto, en la esquina Reyes Católicos con Arjona, a pocos pasos de la parada misma del tranvía, dedicado a la atención a los pobres y menesterosos de este mundo, pues, según podía comprobar, estaba siempre atestado de indigentes y personas sin techo maltratadas por la vida que pasaban el tiempo tumbadas o dormitando al sol en los bancos de cerámica vidriada en los bajos de la fachada.





Allí acudían a diario estos olvidados del destino para procurarse algo de sustento y techo. El edificio sigue en pie y resulta paradójico que ahora el inmueble -que andando el tiempo supe que era obra del mismo arquitecto con sombrero que diseñó la Plaza de España- está ahora dedicado a restaurante de lujo y los bancos de cerámica hace siglos que no amparan el sueño de los pobres. Todavía faltaban muchos años para que yo pudiera conectar las actividades que se desarrollaban en ese edificio con La Bachillera, el pequeño arrabal motivo de este relato, distante unos tres kilómetros al norte. Porque es el caso que, en aquel tiempo, en la Junta Directiva de la Asociación Sevillana de la Caridad, que así se llamaba la titular y promotora de la institución que ejercía la asistencia a los pobres en aquel edificio, uno de sus miembros rectores era un cura que tenía un hermano torero que, arrastrado por la pasión y dedicación de su pariente a la caridad donó a la Asociación una propiedad que él tenía más allá de la Macarena. De esa forma, a finales de los cuarenta, el lugar que acabaría siendo La Bachillera llegó a manos de la Asociación Sevillana de la Caridad gracias a la donación del hermano torero Francisco Parente El Artillero. 



Aquellos terrenos formaban parte de una finca mayor llamada Villa Cuernos, vaya usted a saber porqué. Eran tiempos de una espantosa carencia de viviendas en Sevilla a la que acudían miles de familias muy necesitadas, expulsadas de un entorno rural, tremendamente hostil en busca de una subsistencia básica y un futuro mejor. Esa avalancha produjo el planeamiento más o menos ordenado del Polígono Norte de la ciudad y otros, que implicó un trasiego de materiales de construcción más que notable y que fueron obras que, de seguro, contribuyeron al esfuerzo autoconstructivo que estaba teniendo lugar en La Bachillera. La Asociación comenzó a ceder los terrenos donados, según había dispuesto el matador, a familias de bajos recursos, sin techo, para que autoconstruyeran sus chabolas o chavolas, que eran más que casas, si bien el donante puso una condición: no se les debía transmitír la propiedad, solo el uso del suelo. Y así fue surgiendo el barrio desde finales de los años 1940 y 50, sin planeamiento urbano previo, atrapado en el norte de la ciudad en un triángulo formado por las carreteras de Sevilla~Cazalla, Sevilla~Brenes y Sevilla~La Algaba. Por eso, cuando las viviendas ya estaban levantadas, no se habían reservado corredores para infraestructuras ni recursos sociales. Hubo que esperar hasta los años 1970 para que el consistorio municipal reconociera La Bachillera y rotulara sus calles y se adoptara formalmente su nomenclátor, para que alguien pudiera recibir la primera carta postal en su casita. En lo que se refiere a la rotulación de las calles, dado que los árboles escaseaban, alguien en el Ayuntamiento tuvo la feliz ocurrencia de darles nombre de árboles. Fue como plantar un bosque evocador y mágico. Así, si vas a pasear por La Bachillera, te encontrarás calles como:

Calle Acebuche, Calle Alcornoque, Calle Algarrobo, Calle Araucaria, Calle Arcabuz, Calle Arce, Camino de Almez, la vía principal del barrio, Calle Chirimoyo, Calle Cidro, Calle Culebrina, Calle Enebro, Calle Espingarda, Calle Fresno, Calle Ganímedes, Calle Guindo, Calle Haya, Calle Hidrología, Calle Huerta del Sol, Calle Jacaranda, Calle Lentisco, Calle Membrillo.

La forma de cesión del suelo iba a generar una inseguridad jurídica que ha durado más de noventa años porque durante todo ese tiempo las viviendas no pudieron formalizarse registralmente y esto fue origen y fuente de muchas trifulcas hasta que el Ayuntamiento transformó la Asociación en Fundación, se hizo con el control de la misma y parceló formalmente en 2025 lo que ya estaba no solamente parcelado, sino autoconstruido, si bien de forma bastante primitiva y precaria. El camino del agua dibujó en aquel terreno un sendero principal y largo, denominado con el tiempo Camino del Almez (por uno muy grande allí existente), que, cual tronco de un árbol del que parten las ramas (los callejones estrechos y desordenados) se convirtió en el eje peatonal vertebrador de la barriada, que llegó a reunir a unas cuatrocientas casitas bajas y dar cobijo a unas 8.000 personas. El tronco terminaba -y termina- en un espacio grande, la copa, que el tiempo y la elevación del nivel de vida de los vecinos, ha convertido en el único aparcamiento amplio disponible en La Bachillera. Quienes conocieron los principios de la barriada, el fango, los pozos negros, la falta de agua, si viven todavía, tendrán casi 90 años y estarán acostumbrados al vuelo rasante de los aviones que invariablemte atraviesan la vertical del barrio cada diez minutos, camino del aeropuerto. Y a convivir con las grandes torres de la Sevillana, alrededor de las cuales surgió el barrio.



Los vecinos auto construyeron sus casas sobre esos terrenos y aunque las viviendas eran de ellos, el suelo seguía perteneciendo a la Asociación Sevillana de la Caridad. Esto generó a lo largo de décadas un problema legal importante, porque, no siendo dueños del suelo no podían escriturar sus casas, hipotecarlas o acceder plenamente a servicios y ayudas. A lo largo de años los vecinos tuvieron luchas y protestas sin fin con la Asociación propietaria del suelo por el pago de alquileres y con el Ayuntamiento por la falta de servicios y recursos. Hubo protestas, manifestaciones y encierros en la sede de la Asociación para reclamar la compra o cesión de los terrenos. En febrero de 2025, se cerró uno de los conflictos urbanos y sociales más antiguos de Sevilla. Tras décadas de espera, el Ayuntamiento de Sevilla inició oficialmente los trámites para que los vecinos pudieran ser dueños plenos de sus viviendas. Esto se ha hecho mediante la formal parcelación de la finca original en 180 parcelas independientes, 370 viviendas unifamiliares, que a partir de ahora permitirá que cada familia registre su parcela en el Registro de la Propiedad. El alcalde, que actúa también como patrono principal de la Fundación Sevillana de la Caridad, firmó la escritura de parcelación ante notario el pasado año. El conjunto de casas bajas de La Bachillera parece que está atado al suelo por la presencia de grandes postes, torres y torretas eléctricas.



Es una marca del barrio. Se debe a una combinación de factores históricos, urbanísticos y técnicos: El barrio no estaba integrado oficialmente en la red urbana de Sevilla. Esto obligó a adaptar las infraestructuras eléctricas al trazado ya existente, en lugar de al revés. Antes de que el barrio se consolidara, por esta zona ya discurrían líneas aéreas de alta tensión que abastecían a polígonos industriales cercanos o conectaban subestaciones del norte de Sevilla y su área metropolitana. Al crecer el barrio alrededor de esas líneas, las torres quedaron dentro del tejido urbano, en calles y patios de las viviendas. Durante décadas, la electrificación se hizo de forma barata, con postes y cableado aéreo, sin soterramiento, que requería expropiaciones, obras profundas y planificación. En barrios consolidados y de origen humilde como La Bachillera, el soterramiento se fue retrasando sistemáticamente frente a otras zonas de la ciudad. La Bachillera estuvo durante años en una situación intermedia, reconocida, pero no plenamente integrada. Las mejoras urbanas fueron lentas y parciales. Eso explica que infraestructuras provisionales acabaran siendo permanentes. Consecuencias visibles son hoy las altas torres y los postes enormes casi dentro de las viviendas, que dan un impacto visual de una infraestructura industrial dentro del barrio.




Y ahora hablo del duelo que conecta las dos partes de esta historia. Yo descubrí La Bachillera por casualidad, como casi todas las cosas en mi vida, porque murió un vecino mío muy querido y fui al Tanatorio de la Se-30 para despedirlo. Era una mañana soleada. Cuando se trasladó el cortejo al cementerio de San Fernando para la cremación, decidí acompañar a un familiar querido del fallecido hasta el final de la ceremonia y mientras el difunto aguardaba en fila el camino del horno crematorio y su pariente su conversión en cenizas, cosa que iba a demorarse varias horas, salimos del recinto y deambulamos perezosamente los dos por los alrededores del Campo Santo, de la misma manera que hacía yo mientras esperaba el tranvía en el Barranco. Y, curiosos los dos, atravesamos la frontera de La Bachillera atraídos por el visible desorden constructivo que llama la atención frente a las innumerables torres de pisos iguales del Polígono Norte y nos internamos por el Camino del Almez. Impactados por la anarquía del lugar, cuando terminamos el paseo y volví a casa, me interesé por conocer más del asunto y sorprendido por la historia del torero y su donación me tropecé otra vez con la Asociación Sevillana de la Caridad y su histórico edificio regionalista que tantas veces acompañó mis paseos por el Barranco. Me encontré así, pues, esperando otra vez el tranvía de Gelves que nunca más volverá a su parada del Barranco y con ello con mi propia historia, que esa sí no me ha abandonado: el barullo de la Lonja del Pescado, los oscuros habitantes bajo el puente de Triana, los indigentes en los bancos de cerámica vidriada en el edificio de Aníbal González. Todos se han ido para siempre, pero la Bachillera, luchadora y remozada (ha superado la fase inicial de casitas bajas) sigue en pie esperando la última reforma: que un día La Sevillana Endesa arranque los grandes clavos, las torres, que parecen amarrarla al suelo y despeje de cables de alta tensión su cielo.






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441.


QUiOSCOS DEL 26. Me pregunto cuándo empezaron a desinstalarse de las aceras de Sevilla los artesanales quioscos de venta de prensa, tabaco, revistas y chucherías variadas, de toda la vida, y se colocaron esos nuevos quioscos espaciosos, altos, fríos, de metal verde oscuro que se despliegan a la luz del día, cada mañana, como las crisálidas de un insecto y son todos iguales. Hasta aquellas fechas los quioscos tradicionales habían sido estructuras artesanales de variado tamaño y diseño, a menudo personalizados, (customizados, como les gusta decir hoy a los ilustrados) por sus propietarios, y formaban parte de la vida y el paisaje urbano sevillano desde mediados del siglo 20. Con el tiempo, estos quioscos antiguos puestos se fueron desmantelando o modernizando a lo largo del nuevo siglo, con estructuras más robustas incluso antes de la estandarización completa. Los quioscos modernos, espaciosos, altos, de metal verde oscuro y con un diseño uniforme, parecen corresponder al modelo estandarizado que se ha venido imponiendo en Sevilla en los últimos años, como parte de la regulación urbanística y de «adecentamiento del mobiliario urbano» según figura en la ordenanza municipal reguladora. La propia ordenanza actual, vigente en 2025, regula formalmente el tipo, características y requisitos de los quioscos de prensa, chucherías y otras ventas en espacios públicos, lo que implica la modernización y homogeneización de estos elementos urbanos. Los quioscos artesanales no desaparecieron de golpe. La transición fue gradual durante los años 2000 y la década de 2010, culminando en la primera mitad de los años 2020, cuando los quioscos metálicos se consolidaron como el modelo dominante en la ciudad. Esto va en línea con la actualización reglamentaria de la Ordenanza Reguladora de los Quioscos. Así estaban las cosas cuando este frágil mercado se tropezó con la revolución informática, porque en muy pocos años los periódicos y revistas prácticamente han desaparecido de las aceras y se han marchado a la nube digital. Ahora los quioscos urbanos están en franca decadencia. Al calor del aumento brutal del turismo, algunos andan desesperadamente multiplicando su oferta y se han convertido en sucursales de venta de billetes a turistas para los autobuses y barcos dedicados a pasear al visitante urbano o en tiendas de souvenirs, cuando no de sombreros baratos para resistir el sol de la ciudad. La tendencia normativa restrictiva antitabaco ha sido también un duro golpe para estas industrias que siempre habían contado con una clientela fumadora importante como parte del negocio. A todo ello ha de añadirse que el alivio que durante un tiempo supuso para muchos de estos quioscos la posibilidad de venta de bebidas y refrescos, desde que se multiplicaron las tiendas de chinos en las calles colindantes, ha dejado de existir. Quizá es eso que el quiosco del mudo junto a mi casa, que durante tantos años reinó en la acera de la Avenida de Cádiz y que se jubiló hace varios años, no encuentra titular sustituto.


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440.


¿SUELDO O JORNAL? Antes que el tiempo borre el recuerdo del pasado, quiero poner aquí algunos rasgos de la familia en que crecí por si los hijos de mis nietos en algún momento se sienten atraídos por conocer algo de estos viejos asuntos que, si las cosas siguen como van, lo dudo en grande.

Empezaré diciendo que mi padre fue médico y ejerció su profesión durante largos años en un pequeño pueblo cerca de Sevilla. Allí desarrolló una intensa labor asistencial pública y se convirtió en una figura de referencia para varias generaciones. Su trayectoria vital y profesional estuvo marcada por la España del siglo 20, por preguerra, guerra y posguerra. Hijo de un maestro de escuela y nacido a comienzos del siglo, mi padre cursó Medicina en un contexto de profundas transformaciones sociales y políticas (junto con una de sus hermanas, de las primeras médicos salidas de la Facultad de Medicina de Sevilla). Al inicio de la Guerra Civil en 1936 contaba con poco menos de treinta años y se había incorporado no hacía demasiado al ejercicio profesional, amén de su reciente casamiento. Mi padre fue sometido, como todos los médicos colegiados, a un expediente de depuración profesional, tramitado por un tribunal de depuración instalado en el Colegio Oficial de Médicos de Sevilla. El procedimiento incluía una extensa declaración jurada donde figuraba un pliego de preguntas orientado a evaluar su conducta política, social y profesional durante la 2ª República y la contienda. En ciertos casos, constituía una fuente privilegiada de delaciones para descubrir desafectos al régimen. Me consta que mi padre preparó, quizá ayudado por mi abuelo, un borrador de respuestas al interrogatorio cuyo documento ha llegado hasta mí y que lleva la fecha 10 de noviembre de 1940, Segundo Año Triunfal. El borrador, a pluma de palillero y tinta de tintero, está lleno de tachaduras, lo que revela la conciencia del riesgo. La declaración jurada, las preguntas y el borrador de contestaciones los conocí muchos, muchos, años más tarde, cuando ya mi padre había fallecido. Estaba guardado en una antigua carpeta azul de latiguillos de goma blancos que mi padre conservó junto con otros viejos papeles de su lucha administrativa para hacer valer su derecho a tomar posesión de la plaza de médico titular de Asistencia Pública Domiciliaria en el pueblo obtenida en concurso libre de méritos en 26·05·1933, frente al médico marxista perdedor de la oposición, que la había ostentado antes y que, por afinidad ideológica, era el preferido por el consistorio municipal en tiempos del Frente Popular, Ayuntamiento que puso todo tipo de obstáculos para que el nuevo médico, mi padre, de ideología no afín, tomara posesión. Él nunca mencionó nada sobre el episodio de la depuración. Mi abuelo, conocedor del mismo, tampoco. Tengo la impresión de que ambos querían olvidar el asunto, que les debió preocupar e inquietar un tanto, porque, aunque mi padre era hombre de derechas, sin pasado político significativo y nada tenía que temer, la situación general y el resultado de otros casos, debieron ser objeto de incertidumbre y debió sentirse perturbado. Las preguntas que hacía el tribunal depurador iban por bloques, de este tenor:

En el bloque dedicado a las vicisitudes durante el ejercicio profesional, mi padre escribió: «Fui destituido por el Ayuntamiento marxista de este pueblo que regía entonces los destinos del mismo por no compartir los mismos ideales que aquellos». En el bloque dedicado a servicios a los rojos, servicios civiles, sanitarios o no, prestados a los marxistas, con expresión de si han sido voluntarios o forzosos, categoría adquirida y remuneración asignada, respondía: «Ninguno». Se le preguntaba sobre izquierdistas con quienes se había relacionado y hechos punibles que se les imputaran (expresar si son sanitarios), respuesta: «Ninguno». En el bloque sobre publicidad y propaganda, ¿Ha publicado antes del Movimiento Nacional escritos desfavorables a la política representada por éste o en pro de las doctrinas defendidas por los partidos del Frente Popular?, respuesta: «No». ¿Ha firmado documentos que beneficiaran a la revolución marxista? ¿Lo hizo en forma espontánea o en virtud de alguna coacción? ¿Quién y cómo efectuó está coacción?, respuesta: «No». En el bloque que trata de las persecuciones sufridas y en qué han consistido y personas que las han provocado. El borrador de respuestas muestra aquí que mi padre barajó dos respuestas a esta pregunta. El primer impulso fue contestar «No» tras una llave que cubría el bloque entero. Pero luego quizá se lo pensó mejor y sobrescribió: «Fui perseguido sañudamente por los marxistas de esta población hasta el punto de amenazarme de muerte». Y en el renglón dedicado a aclarar las personas que provocaron las amenazas, dijo: «Los dirigentes del Frente Popular de ésta azuzados por un médico marxista que aquí residía». No tengo manera de saber por cuál de las dos se inclinó. En el bloque dedicado a los servicios prestados a la causa nacional había preguntas del tipo: ¿Tiene familiares huidos en el extranjero y cuáles? Antecedentes políticos. Antes del 14 de abril de 1931: «Ninguno». Antes del 16 de Febrero de 1936: «Perteneció al partido Acción Nacional, Radical de Lerroux». Antes del 17·07·1936: «Ninguno». Después del 27·07·1936: «Milicias nacionales, unos meses, hasta su disolución». Actos que ha realizado contra el marxismo y en favor del Movimiento Nacional. (Fueron detallados en una hoja adjunta). ¿Estuvo en la zona roja? «No. FET de la Jons, solicitud de carnet definitivo, 16·04·1938. Entró en Falange el 28 de Julio de 1936». Como esperaba y correspondía, el expediente se resolvió favorable, permitiéndole continuar ejerciendo la medicina, aunque dentro del clima de vigilancia y adaptación característico de la posguerra.

Recién casado en 1939, e instalado en el pueblo, ejerció como médico del municipio durante treinta años, prestando atención sanitaria continuada a la población y ganándose el respeto de sus pacientes. En el marco del nuevo régimen, desempeñó desde el principio el cargo de Jefe Local del Movimiento, una responsabilidad que en los pequeños municipios recaía con frecuencia en profesionales de prestigio, como médicos o maestros, y que no siempre implicaba una militancia ideológica intensa, sino más bien una adhesión funcional y administrativa al sistema político vigente. El Jefe Local del Movimiento muy a menudo era una figura con formación fiable por las autoridades, capaz de dar estabilidad al municipio. Lo ocuparon médicos, maestros, farmacéuticos, abogados, porque eran los pocos con estudios y presencia constante. Y en muchas ocasiones su pertenencia al partido único Falange era obligatoria, de forma que ese cargo no era, digamos, opcional, si se quería mantener el puesto o la consulta, vivir sin sospecha o proteger a la familia. En especial en la Andalucía del año 1939. Y eso, pese a que guerra, auténtica guerra, frente prolongado de batalla, en Sevilla y en Andalucía en general no hubo. Los jefes locales del movimiento no daban discursos, ni escribían, ni intervenían en decisiones represivas; se limitaban a funciones administrativas y simbólicas. Mi padre, que se casó vestido con el uniforme paramilitar de Falange, era lo que puede decirse un falangista funcional, no ideológico, porque su adhesión, si bien revestida de entusiasmo, fue al iniciarse el conflicto y no había tenido una militancia previa destacada. Su falangismo estaba más bien motivado por una necesidad de supervivencia profesional, estabilidad familiar, influencia de clase y protección del ejercicio médico con una práctica cotidiana centrada en curar, no en hacer política. La Falange pretendía ser una organización sin clases a la que convenía, no obstante, saber la procedencia social de cada quien. Así se preguntaba al candidato, en el cuestionario de entrada, según consta en los papeles de mi padre, si cobraba sueldo o jornal.

Este tipo de falangista fue mayoritario, aunque el discurso posterior haya exagerado la imagen del militante convencido. La prueba práctica de todo ello es que, años más tarde, mi padre no quiso, antes al contrario, se opuso, a que ninguno de sus muy numerosos hijos varones formaran parte o se integrasen en las estructuras de encuadramiento juvenil creadas por el régimen, como el Frente de Juventudes. Su larga permanencia en el cargo de médico de la localidad (01·09·1944, médico de zona del Seguro Social de Enfermedad; 12·01·1945, médico de la Obra Sindical 18 de Julio) le llevó a que varios años después fuera nombrado alcalde. Ello indica que él, aunque hombre sin duda de ideología conservadora y afín al nuevo orden de cosas (recuerdo su entusiasmo por todo lo alemán e incluso por Mussolini, del que solía repetir una frase atribuida: «La guerra é bella má incómoda») fue una figura identificada con la estabilidad y el orden local, más centrada en el ejercicio de su profesión médica que en la actividad política. Salvo en la asistencia a algunos actos conmemorativos del régimen en los que mostraba su falta de entusiasmo por tener que usar la camisa azul, nunca le conocí activismo político, ni nos habló de ello. Al contrario, de lo que se quejaba con frecuencia era de su dedicación agotadora a la asistencia médica pública 24 horas de 365 días. Y si algo por aquel entonces escribía eran cartas de desahogo al ABC sobre ese asunto que guardaba en una carpeta azul. Quizá resulta interesante subrayar que su etapa de alcalde terminó cuando recibió un telegrama del gobernador civil comunicándole su cese del cargo. Al parecer mi padre había empujado un expediente expropiatorio de una parcela en terrenos propiedad del Duque de Alba, dueño y señor de todo el término, para construir unas muy necesitadas escuelas. La expropiación no había sido detectada por los intereses ducales hasta el último, irreversible minuto, con el consiguiente enfado de la nobleza afectada.

Quienes compartieron tiempo y espacio con él lo recuerdan sobre todo como médico, una condición que marcó su identidad pública y privada. En una época de escasez de medios y grandes dificultades, su consulta y la asistencia pública domiciliaria que prestaba, fue para muchos vecinos un lugar de ayuda, consejo y alivio. Su trayectoria refleja la de una generación de profesionales que, tras haber sido examinados y depurados, optaron por el trabajo constante y la integración como forma de reconstruir una vida normal en un contexto de país que había sufrido una experiencia traumática. Su más importante y permanente logro y orgullo fue haber llegado a formar una familia numerosa de segundo grado (primero en realidad: más de diez hijos), lo que constituyó uno de los ejes fundamentales de su vida. Debo decir que esa situacion nos permitía viajar casi gratis en el tranvía, rellenando a mano un bloc de tiques de color azul, y no tener que pagar la matrícula en la Universidad, y cosas así. Mantuvo a la familia embarcándose de lleno en desarrollar una iniciativa médica negocial privada en Sevilla capital, donde creó una clínica a la que atendía sin descuidar sus obligaciones como médico titular de la asistencia pública en el pueblo. Por necesidad y capacidad puede decirse que fue un emprendedor exitoso. Quizá la memoria histórica de aquellos sucesos y el desagradecimiento expliquen que no haya ninguna calle en el pueblo a su nombre. Pese a la larguísima permanencia, mi padre y su parentela nunca acabarían de integrarse en la vida social del pueblo. La pugna por cuotas de poder entre el cura y el médico devenido alcalde, siempre fueron factores de incomodidad, discordia y falta de paz. En este marco mi padre conciliaba la atención a los pacientes con las responsabilidades domésticas y educativas llevando todos los días al colegio en Sevilla a sus hijos cuando entraron en la etapa de la enseñanza secundaria. Ese silencio fue una forma de entender la paternidad y la responsabilidad familiar en tiempos difíciles.



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439.


DEPURACiONES DE DOCENTES. Anoche, tendido en la cama, cuando iba camino del sueño, enredado todavía en las sensaciones del último audio escuchado sobre Luis Cernuda, que me hizo revivir a nuestro viejo compañero de pupitre José María Capote, en la oscuridad del dormitorio, me molestó no poder recordar el nombre completo de nuestro profesor de literatura del San Isidoro, cuya identidad completa se había hundido en una inquietante laguna temporal en mi cabeza de la que solo sobresalía a flote el Zarco de su segundo apellido. Sentí vergüenza y pensando en remover el pecio del fondo, moví el brazo izquierdo y atrapé de la mesita de noche mi móvil. Pensé que quizá podía salir del atasco pidiendo ayuda al algoritmo mágico de la inteligencia artificial y tecleé en la máquina la pregunta adecuada pidiendo el nombre y el primer apellido de nuestro viejo profesor, cuya identidad, que no su figura y sensaciones, había olvidado. Con una exactitud y prontitud que me causaron y me causan pasmo, el algoritmo abrió el camino de una larga e hilvanada conversación que me llevó al tiempo pasado y a escenarios, personas y asuntos que un día compartimos. Yo le pregunté: ¿Cuál es el nombre completo de un catedrático de literatura que había en el Instituto San Isidoro de Sevilla en los años cincuenta cuyo segundo apellido era Zarco?


—Estás hablando de Alfredo Malo Zarco, catedrático de Lengua y Literatura Española en el Instituto San Isidoro de Sevilla, desde 1956 hasta su fallecimiento en 1963. Nació en 1897 en San Lorenzo de la Parrilla, Cuenca, estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca, donde se licenció con excelentes calificaciones en 1920. Fue alumno de Miguel de Unamuno, a quien más tarde consideraría su maestro venerado. Inició su docencia en la enseñanza media con destino en el Instituto San Miguel, de Morón de la Frontera, y La Rábida, de Huelva, donde ganó por oposición la cátedra de Lengua y Literatura en 1926. Fue lector de español en la Universidad de Liverpool, Reino Unido, y participó en cursos de verano en España y en el extranjero. Tras la Guerra Civil, debido a cargos y procesos, pasó un tiempo fuera de la cátedra, ejerciendo en Osuna y en Valladolid
. Fue profesor muy recordado por su vocación didáctica y su trato humano, conocido por la paciencia y dedicación. Impulsó la enseñanza nocturna para alumnos trabajadores, ampliando el acceso a la educación a quienes tenían horarios laborales. No solo enseñó literatura, sino que incorporó el amor por los idiomas y las culturas clásicas: hablaba y enseñaba inglés, francés, italiano, latín, griego, hebreo y tenía conocimientos de sánscrito y ruso. Publicó ediciones con estudio y notas de clásicos como Miguel de Cervantes y obras importantes de la literatura española. Sus alumnos le llamaban por su segundo apellido, Zarco, a veces con humor, dado que el apellido Malo podía sonar extraño a un profesor.

La triste y vieja y delgada corbata que le colgaba casi siempre del cuello desabrochado de la camisa, era una marca de humildad pero también una señal de hombre maltratado por la vida.

—Esa trayectoria silenciosa, sin militancia política visible, pero marcada por la depuración, es propia de profesores republicanos moderados o liberales que sobrevivieron sin exiliarse. Puede hablarse de represión administrativa y profesional, aunque no de encarcelamiento ni violencia física. Se le acusó de ideas socialistas o marxistas, lo cual era un cargo grave para un profesor cuando el régimen franquista reorganizaba la enseñanza y depuraba al profesorado que consideraba poco afín al nuevo orden. También se le acusaba de tener vinculación con corrientes pedagógicas sospechosas.

En mi cabeza quedó registrado un momento banal que no he olvidado. La clase está vacía porque don Alfredo no ha llegado todavía y alguien ha escrito en la pizarra una frase malsonante y ofensiva en inglés cuyo contenido no recuerdo pero que a Don Alfredo podía afectarle. Tú estás en el grupo que pide borrar la frase y argumentas que a Don Alfredo, buen conocedor de esa lengua extranjera, le va a impactar como si estuviera escrita en español.

Nos estamos acercando a una situación bastante similar. Las élites en el poder, o deseando tenerlo, están en todos los países embarcadas en una cruzada contra la libertad de pensamiento y defienden el control de valores cuya desembocadura la historia ha demostrado a dónde van. Movimientos alentados por los poderosos EeUu que en plasmación práctica de ese control ideológico están pauperizando y castigando a centros docentes e instituciones que consideran poco afines al nuevo orden y exigen la terminación de las políticas de inclusión, equidad e igualdad. Esperemos no vivir un mundo como el que sufrió Malo Zarco, 
don Alfredo.


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438.


QUATRO AVÓS


Por elemental genealogía, todos hemos tenido presentes o ausentes, conocidos o presuntos, cuatro abuelos que, según las circunstancias, dejaron más o menos huella cultural o genética en nosotros. Y, a medida que hemos ido creciendo y ocupando nuestro propio espacio generacional, abuelos y abuelas han desaparecido o van camino de desaparecer: esto es experiencia compartida. Hago aquí a continuación el somero bosquejo de la existencia y desaparición de cada uno de mis cuatro ancestros.


La primera en partir fue la madre de mi padre, a la que mi padre idolatraba. Se llamaba Rosario y, aunque de seguro sus manos y sus ojos debieron recorrer mi cuerpo infantil con cariño, mi cabeza no guarda recuerdo alguno de ella.

El siguiente en desaparecer fue mi abuelo Pepe, padre de mi madre, a quien debo el Pepe que llevo. Era médico. Poco practicante, a mi parecer, cuando le conocí era un hombre mayor y sordo que se dedicaba full time a coleccionar y cuidar con esmero un inmenso rebaño de sellos, de trabajada antigüedad, amén de jugar a un interminable solitario de cartas de baraja española, con destreza y rapidez. Le recuerdo siempre dedicado a ambas actividades al lado de mi abuela, en la sala de la gran camilla redonda, con su aparatito de oír que colgaba de una cadena con una cajita interruptor o algo así que, por regla general, procuraba mantener desconectado para no escuchar a mi abuela, que era la que, en todo caso, dominaba la conversación. Este mi abuelo, había prometido repetidas veces, para motivar a la tribu de nietos estudiantes (tuvo más de cuarenta nietos), regalar al primero que terminara la carrera un anillo de oro que conservaba de su padre, el farmacéutico que trasladó a la familia de Vélez-Málaga a Sevilla al comenzar el siglo 20. El anillo tenía engastado un diamante no pequeño y a mí -que, la verdad, no siento que hubiera hecho demasiado esfuerzo para cumplir el requisito- me tocó ese gordo. Puede decirse que no hice yo demasiadas cosas con ese señor mayor con el que, en general, mis responsables más próximos mantenían cierta distancia, mi padre porque no congeniaba con sus suegros. La mayor parte de mi infancia estuvieron peleados, cuestión que afectó la relación abuelos nietos. La verdad es que habiendo tantos niños pequeños en aquella casa inmensa de la calle Bailén donde vivían, el abuelo Pepe (al que mis primos llamaban Papa Pepe, con un cariño y familiaridad que nunca estuvo al alcance de nosotros) no podía prodigar, digo, demasiado afecto y atención individualizados a tantos nietos. Un día se murió. Anunciándolo, los vivos, como era costumbre, cerraron el portal de la casa a la mitad y nos vestimos todos de luto, pero yo nunca lo vi de cuerpo presente. Por eso la imagen que prevalece en mí es la que me dejó grabada un pequeño retrato al óleo de él que colgaba de la pared de la sala de la camilla y que no sé dónde descansa ahora.

El caso de mi otro abuelo, de nombre Manolo, es distinto y mi relación fue más intensa. En primera lugar, no tenía tantos nietos (aunque no éramos pocos porque para empezar mi madre le había regalado a mi padre doce revoltosos seres) lo que permitía disfrutar de un trato más individual con sus nietos. Había sido maestro de escuela y parece que muy bueno porque enseñó a leer, a escribir y, sobre todo, a motivar a media humanidad en los pueblos por donde anduvo trasteando. Siempre corto de presupuesto su persona y profesión parece que justificaba el antiguo dicho de pasas más hambre que un maestro escuela, que expresaba con pocas palabras la poca atención presupuestaria que tuvo en España la educación durante siglos. La escasez era compensada, sin embargo, por el agradecimiento de padres de alumnos, los cuales, cuando eran pudientes, mantenían al maestro y las bocas de su familia con un saquito de garbanzos, una temporada, una arroba de aceite, otra o cualquiera otra cosa semejante en especie. El reconocimiento hacia mi abuelo adquirió su cumbre cuando antiguos alumnos influyeron para que le pusieran su nombre a un grupo escolar en Tocina. Ese día que incluyó almuerzo homenaje, al que asistí, fue el día en que mi abuelo me pareció más humilde que nunca, como si no fuera con él el asunto. Cuando este abuelo mío dejó de existir yo no estaba en España por lo que mi separación de él y mis recuerdos quedaron congelados antes de partir y su muerte amortiguada por la distancia. Pero siempre fue muy intenso el cariño que en reciprocidad al que nos tuvo a los doce, todos le devolvíamos. Aunque él, como todos los humildes, no era hombre de efusiones sentimentales intensas. Nunca olvidaré sus dominicales visitas en el tranvía a nuestra casa de Gelves. Su abrigo, su mascota recta, el peinado isabelino con la raya justo enmedio, el traje blanco de piel de tiburón, decía él, en verano, comprado en Marruecos en una de sus visitas a su hijo Salvador, militar en la zona, y sobre todo, los asaltos de que siempre era objeto en el camino de la estación a nuestra casa en los que él se defendía con risas de la búsqueda impetuosa que hacíamos en los anchos bolsillos de su abrigo de invierno hurgando, buscando el paquete caramelos con que siempre nos obsequiaba y a los que nos tenía acostumbrados. Y muchas cosas más, que quedaron enterradas en la cabeza como mi permanente asombro cuando oía a mi padre hablarle de usted y sus complicados consejos de maestro a un Pepito embobado sobre cómo había que doblar el papel barba, procurando dejar un margen amplio a la izquierda del folio cuando fuéramos a redactar una instancia y el espacio reservado al solicita. O su risa de sabio condescendiente cuando yo le insistía en que, dadas las cosas que contaba de su vida, verdaderas o falsas, debía ponerlas por escrito, porque a fin de cuentas él era maestro, hombre de letras. Y sobre todo lo que conservo de forma delicada como frágil y valioso tesoro son retazos de aquella conversación que presencié entre mi padre y él en la que, frustrado mi padre por algo que no había ido bien conmigo o con alguno de mis hermanos, que seguro incluía la rotura de alguna cosa, mi padre se lamentaba y le decía desesperado a mi abuelo, ¡Ah, tengo tantas ganas de que el más chico de mis hijos se afeite solo!, a lo que mi abuelo le respondía No sabes lo que dices, hijo, los verdaderos problemas empiezan entonces.

Por lo que hace a mí abuela Carmen, a la que el resto de mis primos de la rama Murillo llamaban Mama Carmen, yo estaba en América cuando ella dejó la tierra y con ello la huerta del Charco de la Pava en la Vega de Triana que tanto había protagonizado y absorbido sus preocupaciones terrenales y las del resto de la familia Murillo durante el tiempo en que yo la visitaba.

Ahora yo vengo a ocupar la posición de abuelo que me corresponde y miro a los ojos a mis dos nietos, ¡dos solo, qué pobreza!, y dejo mensajes cifrados en sus cabezas que espero puedan ser resueltos por ellos algún día más adelante. En definitiva, aunque yo tuve cuatro abuelos, ellos fueron muchos más, porque mis hermanos y mis numerosos primos, aunque parezca que tuvieron los mismos que yo, no es así. Según el registro civil eran los mismos; en realidad, fueron diferentes. Porque los abuelos terminan hechos de fragmentos y de voces en nuestras cabezas, donde han dejado huellas distintas según la experiencia. Tú, que estás leyendo esto, sabes bien de qué estoy hablando.

Por último, una reflexión. Cuando yo era niño y todo lo que tenía por delante era tiempo y aburrimiento, me entretenía muchas veces en mirar las fotos y los dibujos que mi padre y mi abuelo Pepe recibían en las cartas. Era propaganda de medicamentos enviados a los médicos por los laboratorios y pequeñas revistas de chistes ilustrados que los laboratorios patrocinaban. Propaganda médica y cartas del banco eran las principales comunicaciones. No puedo decir lo mismo de mi abuelo Manolo porque su casa, en la calle San Vicente, caía más lejos y yo apenas iba por allí de modo que no sé qué correspondencia recibía y si las cartas le sobrevivieron, como a mi abuelo Pepe. Todo esto viene a cuento porque cuando se murió este último, yo ya tenía suficiente uso de razón como para darme cuenta de las cosas, y me sorprendía que, a pesar de que él ya no existía, seguían llegando a su casa cartas a su nombre que alguien subía y dejaba sobre la camilla de la sala o sobre la mesita pequeña del patio de pilistras junto a la cancela de entrada que se abría desde la primera planta.

Ahora, en la era de internet y de whatsapp, cuando ha llegado para mí el tiempo en que aumenta el número de amigos, parientes y contactos que se van muriendo, he recordado este episodio porque yo, como los laboratorios y el banco de mi abuelo, sigo enviando comunicaciones y mensajes a los antiguos números de móviles de los que se han ido y no sé si los mensajes llegan a alguna parte. Me imagino que igual les pasaba a los laboratorios o al banco o a la administración y solo después de cierto tiempo esas estaciones emisoras dejan de emitir y borran de las comunicaciones a los que ya no viven. Estoy por enviar un mensaje solicitando acuse de recibo para asegurarme de quién hay al otro lado de la línea de mis envíos. Parece que uno, mientras siga recibiendo cartas o whatsapps no se muere del todo, porque los móviles, como los antiguos buzones, nunca mueren al mismo tiempo que sus dueños. Prolongan su existencia. Sus colapsos obedecen a otras causas. Ninguno de mis abuelos jugó nunca conmigo a los Lego, y ya para entonces había prototipos de madera. Ni me leyó nunca ningún cuento. No se lo perdono.


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437.


CADUCiFOLiOS. Los que no tenemos atacada la movilidad, salimos cada día de nuestros nidos y más rápido o más lento andamos por aceras, parques y jardines de la ciudad, cruzándonos con multitud de árboles que mantienen sujeto el escenario urbano al suelo firme. Y nunca nos preguntamos a qué clase pertenecen estos seres, cómo se llaman y que enfermedades les atacan. Como sabemos por experiencia personal desde niño, los hay de hoja perenne y de hojas caducas. El árbol de hoja caduca pierde las hojas y luego las renueva. Y el árbol de hoja perenne es un árbol activo durante todo el año. Por lo general, las hojas viejas no caen antes de desarrollarse otras nuevas. Puede decirse que los árboles de hoja caduca siempre son más afortunados en tamaño, hoja, crecimiento, flores, que los de hoja perenne, pues con la pérdida total de las hojas descansan y pueden brotar, florecer, fructificar, crecer con más fuerza que los de hoja perenne. Porque la regla de la vida es morir para renacer.


El Servicio de Parques y Jardines no sé el tiempo que dedica a qué tipo de árbol plantar en el territorio de la ciudad y cuáles son los criterios que guían la selección. Estoy seguro de que algún sabio técnico algo tendrá escrito sobre la conveniencia de elegir uno u otro tipo porque las hojas y el poder destructor de las raíces me consta son preocupaciones constante de la administración urbana. Lo cierto es que otra vez el invierno se ha echado aquí encima del otoño, de repente, y los árboles de hoja caduca han hecho su striptease anual. Este año, sin embargo, parece que los viveros municipales donde madura el compost deben estar hambrientos de materia vegetal porque observo que la ciudad está inundada de hojas por todas partes, como si los barrenderos estuvieran todos de vacaciones o haciendo huelga de hojas caídas. No es siquiera fácil disponer de un banco estos días en el Parque de María Luisa. Casi todos están ocupados. Les ha llovido por el camino, por eso algunas de las hojas que decidieron abandonar el árbol materno, llegan allí al asiento un poco mojadas. En cualquier caso, han decidido ocupar ese espacio y descansar sobre la cerámica del banco un ratito antes de proseguir su viaje hasta el suelo de tierra empujadas por la gravedad y la brisa.




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436.



ARQUiTECTOS PERDEDORES


—Hermano, ya sabes que yo soy un jubilado peripatético, observador impenitente de mi entorno. Hoy, mientras revisitaba el Edificio Pinillos, que ya me tocaba, he conocido a un tal A.D. con número de teléfono y whatsapp 666.66.66.66. Yo contemplaba la división en dos sub patios separados por la antigua rampa central a lo largo de la cual han instalado una valla separadora de obra. A todas luces parece que una mitad del legendario Pinillos, que ha sido vaciada de coches aparcados y de los últimos arrendatarios u ocupantes que quedaban, ha debido ser comprada por un fondo de inversión. Los nuevos dueños de la mitad del viejo edificio han tapado con yeso y ladrillos de rasilla las puertas de todas las viviendas y han removido con empeño todos los marcos de las cuarenta mil altas y estrechas ventanas, que han sido siempre marca identificadora del edificio, que parece ahora como ciego. Amén de que, según se ve desde la calle, han derribado los tabiques divisorios del interior de las viviendas. La otra mitad del edificio ha quedado igual.

Estaba yo tomando nota mental de todo ese cambio, cuando, traspasada la cancela de hierro oxidado en la cabecera de la rampa, donde envejecen los carteles, entre ellos uno muy gracioso que ordena que todos los coches aparcados en el patio deben estar removidos antes de 25 de diciembre de 2023, so pena de ser retirado a la fuerza, héteme aquí que se me ha acercado el anciano A.D. que caminaba por la acera de enfrente de la calle; anciano que, contra la impresión primera de indigente solicitante de limosna, según supe unos minutos más tarde, resultó ser una persona humana compleja, vecina de la calle Gonzalo Bilbao y arquitecto. Se dirigió a mí al ver mi inconcreto interés por el bloque. Espero que todo termine bien, me dijo. Tenía aspecto de estar bien mantenido pero hablaba demasiado alto y demasiado cerca de mi cara para mí gusto, razones ambas por las que al principio pensé en tomar distancias del sujeto que, si no indigente, pensaba, sería un charlatán urbano más necesitado de conversación. En cualquier caso me pareció que tenía toda la pinta de un perdedor social un poco enloquecido por el aislamiento. Aunque de todos modos, confieso, que, quizás por deformación profesional, me encantan los seres humanos necesitados de conversación. Empezó a interesarme más cuando me contó que era amante del Edificio Pinillos desde muy antiguo y estaba preocupado por su futuro urbanístico en manos, pensaba él, de una administración poco sensible y exigente. Entró más en detalle y a toda prisa como si nos apremiara el tiempo, me confesó entonces que él era arquitecto, que tenía 72 años y que había estudiado en la Escuela de Sevilla. De ahí, de forma deshilvanada y un poco quizá demasiado impetuosa, pasó a relatarme que en la Universidad se distinguió por su carácter contestatario y por sus propuestas radicales, mencionando las palabras asambleario y de izquierda en dos ocasiones de su discurso. Y no sé de qué manera, sin solución de continuidad, nos encontramos hablando de sus frecuentes viajes a EeUu y cómo en Chicago descubrió una placita encantadora dedicada a Luis Mariano. Por la proximidad de vuestras edades, hermano, si todo eso es verdad, pienso, y así se lo dije, que debisteis coincidir en la Escuela de Arquitectura, pero él no te identificaba, aunque tu nombre algo le sonaba. Le pedí el suyo y su teléfono para decírtelo y por si te entraba la curiosidad y queríais encontraros.


Mientras hablábamos me llevó a la rampa famosa del patio que un día albergó tanto ruido de talleres variados y ahora duerme en silencio y me dijo que él siempre soñó con un proyecto de arquitectura para ese espacio. Me habló que él eliminaría la rampa, porque además no le gustan los coches, ni en el patio de Pinillos ni en ninguna otra parte, y, en su lugar, construiría allí, en el centro del patio, una torre de 14 pisos. Me acordé de la torre que tú imaginaste para ese otro gran patio en ese otro sitio cuyo nombre ahora no me sale y él mostró entonces un gran interés en conocer más detalles de tu torre, si era posible. Así que, como era ya tarde y debía regresar a casa porque mi mujer estaba esperando inquieta el bote del tinte que me había encargado, corté la conversación y dejé al arquitecto perdedor A.D. casi con la palabra en la boca diciéndole que te lo haría saber y, si era posible, le mandarías los planos de aquella torre que soñaste. Nada en su porte o en su conversación me hacía pensar que A.D. tuviera intereses arquitectónicos activos o que los hubiera tenido alguna vez en el pasado, o hubiera siquiera construido alguna vez algo, aunque, quién sabe, la gente te puede sorprender a veces. Creo que retomaré el contacto con este ser que la casualidad, dueña de mi vida, me ha colocado delante.




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435.




EL GATO NEGRO. Una vez más vuelvo a contemplar extasiado la larga cola que forman cada año, cuando se acerca el final del ciclo y el frío se adueña de la calle, los adoradores de la religión de la Suerte, frente a la famosa capilla en la Avenida de la Constitución de Sevilla. No se conocen entre sí pero, como zombis, llegan movidos por una misma y sencilla creencia: me puede tocar, mi número puede salir, mi vida puede cambiar de pronto para mejor. Es una doctrina bien simple. Además, como no es religión que tenga complejidad de Libro que haya de ser interpretado, porque lo cifra todo a un papelito pequeño que se entiende en todas las lenguas, y no tiene jerarquías ni complicaciones, está asegurado que no va a haber herejías ni desviaciones doctrinales incómodas. Algunos llevan horas esperando que abran la ermita. Se trata de una creencia esotérica muy antigua y arraigada que frente a las dificultades que presenta el día día de la vida, apuesta por creer en los misterios asociados a los números. Cada uno aspira a poseer el número mágico en el que cifra su esperanza. Estos creyentes saben que sus posibilidades de salvación a través de los número son muy escasas, casi nulas, pero, contra toda evidencia, empujan su creencia hasta el paroxismo y han convertido el papelito donde viene inscrito el número en un talismán mágico. A mí se me han quedado grabadas las reuniones por este tiempo en nuestra casa familiar en Gelves, llenas de sol y niños, en las que mi padre explicaba a nosotros, pobres neófitos llamados a aumentar el número de los creyentes en el futuro, lo básico de esta religión, centrándose sobre todo en la enumeración de lo que haríamos caso de que nos tocara el gordo y haciendo cálculos sobre otras posibilidades de premios más pequeños o de la pedrea, nombre y concepto que siempre me intrigó. Andando el tiempo, yo, aprendiz de contestatario impenitente, por excelencia, antisistema, siempre que un lotero me ha invitado a apuntarme a la congregación, he rechazado mi entrada en esa cofradía, diciendo perdona, gracias, pero yo solo creo en mi esfuerzo personal. La verdad es que no me he enterado de nada. He confundido la religión con el tocino ¿Como puedo yo hablar así, que he nacido bajo el signo de la baraka, cuya vida ha estado siempre presidida por la casualidad positiva y he presumido y teorizado sobre ello?



Me atrae el espectáculo y me quedo un rato más junto a la cola, observando. Nada más hermoso que las atávicas manifestaciones de fe de los creyentes. Observo a algunos iluminados cuando después de haber conseguido su número de papel salen llenos de gozo y esperanza y se empinan y esfuerzan por alcanzar el azulejo santo que decora el dintel de ambos lados a la entrada de la capilla para frotar contra el duro gato frío y negro el papelito milagroso.



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434.



MANTiTA. De tanto repetirla, la frase se ha convertido en una letanía descontextualizada de la que está ausente cualquier sentimiento de reproche. Porque la historia familiar, es el caso, nos tenía acostumbrados a que cuando yo o alguno de mis hermanos nos quedábamos medio dormidos en el sofá después de la comida, por el sopor postprandial, mi madre, siempre amante atenta de sus crecidos pollitos, corría a protegernos echándonos una mantita para que no cogiéramos frío. Yo por eso en idénticas situaciones, cuando ahora sesteo y siento el frío atacar mi cuerpo, siempre le digo a quien está a mi lado y puede oírlo: Mi madre ya me habría echado una mantita. La mantita ha quedado en mi memoria como uno de los mejores homenajes de aquella relación maravillosa.



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433.



GUTAPERCHA.


Si la buscas en wikipedia verás que gutapercha es palabra de origen malayo que deriva de getah: ‘savia’ o ‘resina’ y pertja: ‘árbol’. Es una especie de goma o látex natural, similar al caucho, que se extrae de la savia de unos árboles originarios de Asia, del archipiélago malayo y de Borneo, y es conocida por su capacidad aislante y maleable al calentarse. Se ha venido usando como impermeabilizante de cables eléctricos submarinos hasta que hoy se aplica en odontología para sellar conductos radiculares en endodoncias, por su biocompatibilidad y capacidad de sellado hermético.


A la entrada de mi década número ocho, puede decirse que yo ya llevo un bosque malayo en mi boca, por las numerosas endodoncias que ostento en mi palmarés. Porque no tengo buena salud dental. Antes al contrario. Y puedo incluso ponerle fecha a cuando comenzó mi colapso bucal. Estoy convencido de que mi decadencia comenzó en América, en la Facultad de Odontología de la Universidad del Estado de Ohio en Eeuu, en la ciudad de Columbus, Ohio. La hago arrancar de ese periodo de tiempo porque yo andaba por aquel entonces preparando, después de haber terminado el máster en lenguas romances, una tesis sobre Felipe Trigo y la novela galante o erótica española de principios del siglo 20, cuando de pronto empezaron a dolerme, casi al mismo tiempo, un buen número de mis piñones. Es probable que todo aquello tenía que ver por haber descuidado mi alimentación. Quizá pasé demasiado tiempo comiendo hamburguesas con patatas fritas y ketchup en el McDonald de High Street, frente al auditorio del campus. Mi amigo extremeño Antonio, del Departamento, me había ayudado a descubrir los McDonald de los que por aquel tiempo nada se sabía en la Península Ibérica y yo me convertí en un adepto entusiasta de la nueva religión de la comida rápida. Lo cierto es que el dolor y la urgencia me llevaron a apuntarme y servir de conejillo de indias de los estudiantes a dentistas en formación de la Universidad que, pese al celo de los catedráticos que supervisaban su trabajo, me hicieron barbaridades.


En alguna parte pesimista de la Biblia se dice que un abismo llama a otro abismo y en mi caso aquellas malhadadas experiencia significaron el inicio de mi declive dental. A partir de ahí mis dientes conocieron con frecuencia el contacto y el ruido de turbinas, limas, y otros instrumentos rotatorios a motor de los odontólogos hurgando con afán en mi boca no virgen. Amén de pinzas y fórceps cuando la extracción resultaba inevitable. Durante mucho tiempo llegué a mentirme a mí mismo -y a veces hasta intenté argumentar-, que al Ser Humano le sobraban dientes, que lo nuestro era un despilfarro genético dadas nuestras necesidades. Pero tengo que reconocer que eran pensamientos consoladores y auto justificativos. Venían influido tal vez por el recuerdo de un ser excepcional que conocí cuando era niño. Era una niñera que se llamaba Carmen la de las Cuevas que tenía un exceso de labios y un déficit manifiesto de dientes pues apenas tenía dos en la mandíbula superior y otros dos en la inferior, que ella movía con maestría absoluta a una velocidad de vértigo. Y yo me admiraba de su habilidad.


La verdad es que tengo un déficit de salud dental evidente aunque no tan dramático como el de mi niñera, que queda demostrado en los balances anuales de mi cuenta corriente en el apartado dedicado al uso que hago de la tarjeta de crédito para pago de los frecuentes trabajos de mi clínica dental habitual. Y ahora, llegado a esta década fatal en la que estoy instalado sin remedio -porque por más que rebobino la cuerda del tiempo no logro detener la decadencia ni el frecuente mal olor de mi boca- tengo los dientes bien gastados y por la cúspide de la mayoría de ellos asoman con más frecuencia de la deseada la puntita dolorosa de los nervios que me conectan con la red sensitiva del resto de mi cuerpo. De modo que nada tiene de extraño que me haya convertido en un miembro de la hermandad que contribuye y sostiene con afán el bienestar de la profesión de los dentistas.


Y volviendo a la gutapercha, puede decirse sin temor a equivocarme que llevo en mi boca un bosque malayo de ese material porque entre vaciado de nervios para implantes y coronas, cultivo en las últimas décadas una costosa inclinación por la resina del árbol asiático. En la historia de la dentistería que me ha tocado a mí vivir y sufrir, antes no había mucho que pensar y a la más mínima la opción por la extracción del diente molesto se imponía como la mejor o la única. La tendencia era, si te dolía mucho, sacarlo. Pero luego cuando la edad de vida se prolongó por variados motivos, mantener la boca con todos sus soldados devino en un imperativo. Y yo me apunté a esa cofradía. La he visto sobre la bandeja aprovechando que el dentista salió un momento para no sé qué. La gutapercha que alimenta el vacío radicular de mis dientes, colmillos y muelas, es de color rosa y me dice él que antes esos espacios se llenaban de un material metálico de zinc como de plata que se amoldaba al conducto vacío del nervio que quedaba cuando las manos del dentista habían terminado de dejar hueco el conducto. Hasta madera llegó a usarse en tiempos pretéritos. Siempre preocupado por el tema, en la última reunión con mis hermanos voy a plantearles una encuesta sobre la historia de la salud dental de la familia. Me pregunto si además de la dentadura del abuelo Manolo -que bien conocí- hubo algún otro pariente que hubiera sufrido de la boca hasta el punto de haber adoptado tan drástica medida postiza. No sé cómo ni cuántos fueron sus sufrimientos pero estaba claro que él había optado por una solución radical, nunca mejor dicho: de raíz. Mi abuelo tenía dentadura artificial. Él se la sacaba por las noches y la ahogaba en un vaso de agua transparente que ponía en la mesita de noche. Yo dormí durante un tiempo en su mismo cuarto, en la cama de al lado, y todavía recuerdo su ritual nocturno, el sonido que hacía su dentadura al abandonar su prisión diurna y la estampa boca arriba de mi abuelo con los labios muy hundidos, como muerto, porque, además, dormía boca arriba Me daba miedo verlo. No sé cómo se las arreglaría mi abuelo sobre ese particular aspecto pero andando el tiempo pude comprobar que uno de mis primeros choques culturales cuando me tocó vivir en los EeUu fue la enorme cantidad de anuncios que aparecían en la televisión sobre pegamentos dedicados a la sujeción de las prótesis dentales en su sitio. Todos los creativos reclamos publicitarios apelaban al embarazo que sentían los portadores y portadoras de dentaduras postizas cuando, en mitad de una conversación o de un gesto, se desequilibraba la prótesis y se salía del lugar para el que fueron pensadas. Y de ahí el milagro del pegamento.


Hoy me he llevado desde las diez de la mañana hasta la una y media del mediodía en ese sillón tan particular, huérfano del brazo derecho, que tiene mi dentista (imagino que será estándar) y al terminar de matarme el nervio de un colmillo de mi mandíbula inferior, gutaperchear el vacío creado, construir y tallar el pilar, formatear el lugar, construir la pieza y encajar la corona, me ha dicho muy serio que, dado el estado de la cuestión, en lo sucesivo me sacrifique y me abstenga de regañás y patas rusas. Todo lo más churros (largos o de papas) con chocolate. Ya nada es como antes.


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MÁRMOLES. Las tres antiguas y solitarias columnas de la calle Mármoles en Sevilla, llenas de tiempo y cicatrices, pese a su volumen e importante peso, según cuentan los cronistas, hicieron su primer y largo viaje dentro de una enorme piedra de granito en la superficie de un barco ligero empujado por el viento que cruzó el Mediterráneo desde Egipto a Sevilla, entonces conocida como Hispalis de los romanos. Al granito arrebatado al reino de los faraones, le dieron forma de columna artesanos de Hispalis que, con cierta dificultad, hablaban el latín del emperador Adriano pasado por influencias lingüísticas autóctonas, esto es, el lenguaje en formación que se chapurreaba en el siglo primero de la era cristiana en esta provincia distante del Imperio. Los tres fustes monolíticos, parientes de los del Panteón de Roma, que hoy asoman su cabeza por la esquina de la calle Aire, miden casi 9 metros de altura y tienen zapatos blancos, hoy bien visibles, hechos con mármol local durante largos siglos enterrados o bajo el agua. Se encuentran a su cota original, a 4,5 metros de profundidad respecto al nivel de la calle. (El hombre, él mismo un ser hueco, siempre rellenando el vacío a su alrededor.) Quince siglos más tarde, cuentan que se extrajeron dos columnas hermanas y trasladaron a la Laguna, la Alameda de Hércules, para embellecerla. Allí, en el antiguo trozo de río desecado, se pueden admirar hoy día, completadas por sendos capiteles romanos reconstruidos en el siglo 16, como triunfos de Hércules y Julio César. Fue más fácil el esfuerzo primero de hacerlas subir a la colina donde cumplieron su función durante siglos, que sacarlas para su viaje a la Alameda, dado el laberinto de estrechas calles con que la historia había forrado la piel urbana de Sevilla. Hasta tal punto, que cuentan los historiadores que el empeño por trasladar a una de ellas al Alcázar se zanjó en fracaso. El bello pilar se rompió en el camino y quedó enterrado en dos pedazos para siempre a la altura de Mateos Gago.

Andando el tiempo, a una casa de propietarios medio pudientes, situada a menos de cien metros del templo romano expoliado, se mudó a vivir con su madre un tal Luis Cernuda, muchacho de 18 años, sensible, taciturno y melancólico. Venía, estrenando orfandad, de los pabellones para residencia de militares del cuartel junto al nuevo barrio del Porvenir, donde al coronel, su padre, le habían dejado instalar la residencia de la familia, cuando él tenía catorce años. Que es tanto como decir que el muchacho cambió el chato horizonte de la calle Acetres, donde dio sus primeros pasos, por el casi campo abierto del nuevo barrio extramuros. Luego, muerto el coronel, se mudó con su madre, una vez más, a una calle estrecha del denso centro urbano de Sevilla: la estrecha calle Aires.

Hoy camino por el mismo escenario y me imagino al adolescente que ha descubierto la poesía y su homosexualidad casi al mismo tiempo, contemplando con frecuencia, porque la rotunda presencia de las columnas eran su paso diario, las marcas que el tiempo había dejado en las tres cuartas partes de la cáscara visible del granito. Lo veo asomado a la reja donde ya estaban prisioneras las tres columnas que por aquel entonces, sabe dios desde cuánto tiempo atrás, tenían los pies metidos en el charco oscuro y maloliente del solar donde estaban plantadas. Yo contemplo las mismas cicatrices con un interés relativo, intentando atribuir cada herida a un hecho o funcionalidad real, mientras un grupo de turistas rusos hace la foto del recuerdo donde seguro no aparezca la del poeta Luis Cernuda.


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